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"Cuando muere
un Ruiseñor"
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Libro
I - Drama Épico - Novela de 276 páginas Videoclip promocional:
http://www.youtube.com/watch?v=3oorjR8sU_g |
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En esta página se muestran
extractos de la novela, aparte de algunas ilustraciones que la acompañan.
Está ordenado por capítulos, con algunas de las escenas más relevantes de la misma. El material aquí expuesto es exclusivamente para su visualización, si quieres utilizar alguna de mis imágenes o textos, por favor escríbeme a ninarcomics@yahoo.es |
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Personajes
principales:
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| Edner Nevothenien:
Rey de Lothir. Oritzen de Noried: Artesano. Nerien Nevothenien: Sobrina del rey y heredera al trono. |
Irfend de Corbin:
Artesano. Conde de Nisthilen: Consejero Real. Erieon Nevothenien: Duque de Emril y primo del rey. |
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"Tiene las alas gachas
Parece conforme
pero no deja de estar sometido a la opresión." |
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En la lejana Noried, región
gélida y postergada por sus reyes, vivía un pequeño
ser, ínfimo e insignificante, cuya vida nunca hubiera trascendido
si no fuera por el pronto y radical giro que iba a darle al futuro de
todo un país.
Su destino parecía abocado a la tragedia, siendo quizás esto lo que le infundiera un aguzado sentido de supervivencia. Tras unos primeros años plagados de sinsabores, había entrado en la juventud con igual o peor fortuna, optando por turbias vivencias perseguidas y penadas con la muerte, entre ellas, la colaboración con rebeldes contrarios al rey. Al igual que muchos otros, su arresto y ejecución era sólo cuestión de tiempo. |
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En el reino de Lothir, las extremas tiranía
y pobreza estaban a la orden del día. Sus gobernantes se centraron
durante siglos en la conquista y control de territorios, luchando entre
sí y sofocando intrigas internas, hasta el extremo de diezmar a
su propia estirpe. ... Desde hacía siglos, los campesinos se consideraban
útiles para abastecer a la nobleza y pagar los altos tributos por
el cultivo y uso de las tierras. A los criminales se los esclavizaba y
se los condenaba de por vida a trabajar en las minas de hierro, al norte
y al este, estas últimas muy cerca de la Corte. La pobreza y la injusticia acarreaban disconformidad
en la población. La disconformidad conllevaba a la rebeldía.
Y la rebeldía, a la sublevación. Los rebeldes eran considerados
criminales, por lo que el descontento del pueblo, lejos de ser un problema,
suponía una incesante fuente de mano de obra para trabajar en las
minas en las que era necesario reponer continuamente a los esclavos por
la alta mortandad.
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Capítulo I (fragmentos) |
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Aquella noche decisiva para la vida de la princesa
se alzó tormentosa y de una extremada oscuridad. Cinco jinetes
encapuchados se abrían paso bajo la torrencial lluvia, deteniéndose
en una ladera rocosa justo al lado del frondoso bosque que acababan de
atravesar. Uno de estos jinetes parecía conocer muy bien aquel
sitio, disponiéndose a apartar unos matojos trenzados entre sí
que resultaron ser una efectiva puerta que se camuflaba con el resto de
vegetación del entorno. ... Irfend y Oritzen presenciaban la escena con sumo interés, terminando por desviarse la atención de este último hacía otros lares... A la entrada del recinto donde se hallaba la real joven, nada menos. Aprovechando que todos estaban centrados en el duque y el colgante, el chico decidió acercarse a atisbar a la princesa. Se asomó con suma precaución, en vistas de que los portadores de antorchas se habían retirado, ya no habiendo trasluz alguno que lo camuflara. Pudo verla allí con las manos atadas a la viga, abstraída, como si cavilara sobre una fuga imposible. Vestía un ropaje fastuoso aunque ya desgajado y sucio de barro El hermoso rostro de Nerien tenía ahora los ojos hundidos por la fatiga y el llanto, una lástima, pensó el muchacho, aunque no pudo dejar de contemplarla con admiración, como buen amante del arte y la belleza que era. |
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| De pronto, ella alzó el rostro y sus miradas se cruzaron, retirándose él al instante. Fue menos de un segundo, suficiente para dejarlo sin respiración allí arrimado al soportal, momento en el que su compañero le hizo señas para que se alejara y no hiciera tonterías. | ||
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Capítulo III (fragmentos) |
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A la mañana siguiente y más
ojeroso que de costumbre, Ori se dirigió al taller, rutina que
venía desempeñando desde hacía un año, desde
que llegara a la Corte proveniente de Noried. |
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...
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...
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... Ori se encontraba en su casa, ajeno a todo, dispuesto
a irse a dormir. No había olvidado el incidente del jardín,
pero trató de no darle demasiada importancia, los caprichos de
una princesa no deberían de quitarle el sueño... Una vez allí, lejos de respetar su presunción
de inocencia, lo molieron a palos, riéndose de su aspecto endeble
y llenándole los oídos con todo tipo de historias sobre
las horribles torturas a las que sería sometido, tratando así
de atemorizarlo aún más. A primera hora de la mañana, la puerta volvería
a abrirse. Ori, que seguía resguardado en su esquina, ya esperaba
cualquier cosa. Una nueva tanda de palos, esta vez hasta reventarlo y
acabar con él. Allí, en un húmedo y oscuro calabozo
del castillo de los inmundos Nevothenien, iba a acabar, al fin, su mísera
vida. |
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Capítulo IV (fragmentos) |
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De un vistazo esta vez más prudente, volvería
a vislumbrar al rey, allá abajo, conversando distendidamente con
otros nobles. Quizás... ...allí estuviera la solución.
...
Miró hacía arriba a la almena, pudiendo comprobar que el sitio exacto era aquél. Tras varios vistazos alrededor, tampoco vio nada. Buscó detrás de los setos, de los árboles, de las fuentes... Aquello se había vuelto solitario, anochecía y empezaba a llover. Era lógico que todos se hubieran ido. |
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Resignado, también él se dispuso
a marcharse. Había hecho lo que había podido, bastante tenía
con cargar con su propia vida. Deseaba regresar a su casa, a su rutina
y su gente de siempre. Caminó hacía los arcos de la salida,
dando patadas a las hojas del suelo, cabizbajo. Una de las veces en las
que arremetió con más fuerza, levantó tierra del
suelo, yendo ésta a parar a los pies de alguien que pasaba casualmente
por allí. El personaje miró a ver qué ocurría,
haciendo lo mismo el descuidado muchacho... |
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Capítulo VII (fragmentos) |
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El rey lo echó sobre una tumbona de mimbre
en un rincón ajardinado y luego hizo él lo mismo, en otro
asiento al lado del ebrio joven. Cerró sus agotados ojos y alcanzó
a dormir unos escasos minutos, arropado por el aún cálido
sol de la tarde. Pero no tardó en despertarse de un súbito
sobresalto, fruto de su desasosiego crónico. Miró a Ori,
que parecía hallarse profundamente dormido. Luego se levantó
y se dispuso a preparar su tarea prevista para esa tarde. |
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...
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El rey respiró, al fin, tranquilo y relajado.
Se estiró en su sillón y se sintió feliz como nunca,
al contar con tantas horas de grata ociosidad... y sin la presencia del
latoso joven, para qué negarlo, pese a haberle resultado ciertamente
simpático y bastante útil. ...
Corrió cuán rápido
pudo por los infinitos pasadizos, abriéndose paso entre la gente,
siendo ésta una de las escenas más insólitas que
recordaran los nobles súbditos en mucho tiempo. |
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Corrió más allá
y volvió a preguntar. Entonces le dijeron que habían visto
al duque hacía algunos minutos, portando sobre su hombro a un joven
que no dejaba de patalear y vociferar, clamando ayuda a la vez que lo
insultaba. Se había dirigido hacía un cercano torreón,
no volviendo a vérseles más. Y hacía allá
se fue a la carrera el alarmado monarca. |
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... Las altas montañas a lo lejos, desde las que le llegaba hasta su rostro una intensa brisa helada que lo mantuvo transpuesto un buen rato. Sólo en Noried había podido vivir algo así, no dejando de chocarle que ahora tuviera que experimentarlo desde el secular castillo de los tiranos Nevothenien, a los cuales él mismo se había esforzado en combatir.
...
Entraba Edner por la puerta principal
de sus aposentos cuando escuchó aquellas suaves notas. |
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Finalmente se decidió a entrar.
Y la música se detuvo al instante, pudiendo el rey ver justo lo
que esperaba: sentado sobre la piel de oso frente a la chimenea, el pequeño
Ervenin tocaba el viejo laúd perteneciente a la familia de los
Nevothenien. ... |
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Así pues, la música sería
la encargada de amenizar las tardes del atosigado monarca, para suerte
de Ori que veía así una vía de escape que lo libraba
de abordar temas que para nada le eran convenientes. Tras cerca de tres
semanas restableciéndose en el castillo de los Nevothenien, terminó
resignándose a ser el recreo del tirano de Lothir aparte de confiarse
de que nunca sería interrogado ni acusado de rebeldía. ... |
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Capítulo XII (fragmentos) |
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Pasaron dos días. De pronto, la puerta volvió
a abrirse... ... |
| Al día siguiente,
se encontraba Ori solo, muy triste y abatido en un pequeño patio
ajardinado de los aposentos de la princesa. Estaba esperando a que ella
llegara para hacerle entrega de una hermosa rosa blanca de papel que él
mismo le había confeccionado, pareciendo auténtica. Pero eran otros los ojos que lo observaban en silencio desde detrás de una columna rodeada de azaleas... La algidez de aquella mirada pareció clavársele a Ori como una daga de hielo, enseguida alzando la vista para cerciorarse de que estaba equivocado... |
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| El salto que dio contra la pared fue
memorable. Y de su escondite salió Edner, dirigiéndose hacía el espantado muchacho. -¿Q...Qué... hacéis aquí? - le tartajeó, aterrorizado-. ¡Éstas son las estancias privadas de la princesa! -Justamente... Pero te recuerdo que, aparte de rey, soy su tío. Ori miró a todos lados, a ver por dónde podía echar a correr. El monarca fue directo y conciso: -Lo que me trae aquí no eres tú, sino mi deber de tutor. Me consta que has estado viéndote con mi sobrina por las noches. |
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| -¡No es verdad! -Se apresuró a desmentírselo. -Empiezo a cansarme de tus sucias mentiras. Los guardias me aseguraron que ella estuvo en tu cuarto anoche. -También tendrían que haberos dicho que se marchó apenas unos instantes de irrumpir en mi cuarto. Nunca osaré aprovecharme de la única persona que me está ayudando en estos momentos tan trágicos de mi vida. La traslúcida mirada del rey volvió a afilarse como si pretendiera atravesarle la mente y conocer todo lo que en ella había: -Se te ve muy triste... Es comprensible y más sabiendo que tu buena fortuna acabará pronto. Ella se cansará de ti y te tendremos finalmente en nuestras manos. Aunque... quizás no haya que esperar tanto. -¿Qué... queréis decir? -En efecto, me consta que no estás cumpliendo con tus deberes de pretendiente tal y como debieras. Ella se aburre... Y así me lo ha confirmado, hoy mismo he sido testigo de cómo ponía sus ojos sobre otro joven... que no eras tú. Ori se quedó muy sorprendido, pese a saber que aquello bien podía suceder. Pero Edner sabía que el origen de su amargura era bien distinto: -Nunca creí que fueras tan aprensivo... ¿Aún no has podido olvidar el episodio de mi reclutador de esclavos? -¿Cómo podría? Me habéis traído su cabeza, llevaré esa espantosa imagen toda mi vida. Vuestra crueldad no conoce límites, pero me consuela saber que pagaréis por ello tarde o temprano. Edner se rió: -Ciertamente, no deja de contrariarme el concepto de bárbaro sanguinario que vuelves a tener de tu rey. Por ello, es de honor informarte de lo que te tenemos dispuesto. Mi consejero no cesa de repetirme sobre la necesidad de interrogarte. Y, por una vez, voy a hacerle caso. Corro el riesgo de ser acusado de encubrirte, mañana por la mañana serás llevado ante el Pleno. Ori no dijo nada. Pero su gesto denotó preocupación, más que suficiente para no escapársele al soberano: -¿Temes algo, acaso? -Le cuestionó. La respuesta fue negativa, aunque nada convincente. Edner se agachó, mirándolo fijamente a la cara: -Confíamelo a mí. Di lo que tengas que decir, en mi presencia. Sólo en mi presencia. Lo que sea. Dame tu confianza y prometo ser benévolo, te doy mi palabra de que, contigo, lo seré. Ori miró fijamente a aquellos ojos gélidos que tenía a escasos centímetros de él, esperando ávidos una respuesta. Y a punto estuvo de revelarle todo, incluido su acto más grave, el que le costara la vida al capitán más querido del monarca hacía unos meses -No... hay nada qué decir -ultimó-. Soy inocente. -Bien -Se incorporó el rey-. Pues te veremos mañana en la sala del Pleno. Será rápido, a medio día volverás a estar con Nerien. El pequeño Ervenin se quedó mirando cómo el monarca desaparecía entre las azaleas, estando a punto de echar a correr tras él y confesárselo todo... Nunca ocurrió tal cosa. |
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Capítulo XV (fragmentos)
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A medio día, los esclavos se
verían sorprendidos con un "honor" de lo más indeseable.
Y no fue otro que la inesperada visita del rey. Edner Nevothenien acudió a las profundidades de las minas, acompañado de una nutrida escolta. Sólo una vez en su vida lo había hecho, al principio de su reinado y sin intención de repetirlo nunca. Pues allí estaba una vez más, guiado por el mismo vigilante que atendiera a Ori el día anterior. |
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| Curiosamente, observaba el monarca con
atención a los esclavos mientras recorría las galerías...
Hombres sin futuro, enfermos y mal nutridos, marcados por el óxido
que ya formaba parte de su sangre y del aire que respiraban. Al ser alertado de este hecho, Ori se detuvo en su trabajo. Observó de lejos el grupo que se acercaba, destacando algunas altas figuras de entre todos los demás. ¡Pudo por fin ver al rey rodeado de sus guardias! ¡Qué maldita idea tuvo aquel hombre al asomarse por allí, ensuciando aún más el irrespirable ambiente con su inmunda presencia! Ori se ocultó instintivamente detrás de una viga de madera. Respiró con fuerza, viéndose de nuevo asaltado por un sinfín de turbios pensamientos de insurrección y amotinamiento. Apretó con fuerza el mango de la piqueta entre sus manos... Una vez llegados a ese punto, el vigilante se detuvo, haciendo lo mismo el rey y su bien armada escolta. Y alzó la voz, llamando a uno de los esclavos: -¡Número 4.261! Nadie contestó. El vigilante volvería a insistir: -¡Repito, número 4.261! ¡Acto de presencia! ¡Ya! Nada. Ni un murmullo siquiera. Ni tampoco los demás esclavos hicieron ademán de indicar dónde se hallaba, permaneciendo quietos en su sitio, observando fijamente al rey como a una estatua de mármol. -Está en este grupo, Señor -informó el vigilante-. Aunque pudo haber muerto en estas horas. -Lo dudo. -aseguró el monarca, mirando alrededor. Y él mismo tuvo la osadía de alejarse del grupo, para examinar a los esclavos uno a uno. Hasta el más familiar le sería irreconocible, el fango rojizo que los cubría dificultaba enormemente cualquier búsqueda. Vio a un muchacho cabizbajo allá al fondo y a él se acercó. Le alzaría el rostro con un pequeño cetro de oro que portaba en su cinturón, encontrándose con unas facciones similares a las de Ori, aunque sus ojos eran verdes. Decepcionado, Edner se retiró, prosiguiendo con su exploración por aquella inmensa galería de paredes rojizas. Desde detrás de la viga, Ori seguía aferrando con fuerza el mango de la piqueta, clamando a los Dioses para que el rey pasase por allí. Esta vez, su mano no vacilaría... Y sus súplicas parecieron ser escuchadas. Porque Edner se acercó peligrosamente al lugar donde se ocultaba el soliviantado Ervenin, piqueta en mano, presto a asestarle un golpe fatal. La respiración se le detuvo al rey justo cuando llegó a este lugar. Con la viga a su derecha, allí se quedó inmóvil, con la mirada fija al frente... Y un rapidísimo movimiento le impediría acabar atravesado por la letal herramienta, rasgando ésta sus ropas y llegando a rozarle la piel con el tosco filo manchado de óxido. |
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... Tras contemplar atónito una pequeña
fisura en el preciado diamante, los ojos del rey se volvieron hacía
el infame Ervenin, inyectados en sangre. Esta terrible visión lo
hizo retroceder instintivamente, sabiendo que debería de salir
corriendo de allí cuanto antes... Tras un inoportuno traspié,
allá acertó a girarse y echar a correr hacía la puerta,
la cual alcanzó en dos segundos. Cuando ya estaba saliendo, una
enorme mano lo enganchó por los cabellos, tirando de él
nuevamente hacía dentro y encerrándose de un portazo. |
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Ciudad de Narel, doceavo mes del año en
curso. |
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| Lógicamente, el oficial ordenaría
a algunos soldados para que siguieran al rey. Se metió éste por una especie de callejón angosto que rodeaba toda la fortaleza, siempre seguido por los soldados. Buscó... Y allá fue a encontrar lo que andaba buscando, al menos, asegurándose de que su mente no desvariaba, lo cual le produjo cierto alivio. Porque allí vio a Ori, arrimado a uno de los muros, cabizbajo. Inmediatamente, dio orden a los guardias para que se marcharan. Y se acercó, muy despacio, como si temiese que aquella imagen se desvaneciera... Por fin Ori lo miró, siendo todo ojos en aquella cara enjuta y demacrada. Y así permanecieron varios segundos, sin parecer tener nada qué decirse... El rey supo que el chico se encontraba allí por no tener nada qué perder. Le daba igual ser arrestado o morirse de hambre o enfermedad, tal y como parecía ir encaminado. Y le habló el soberano, haciendo honor a su afamada falta de tacto: -¿No han vuelto a aceptarte los Conspiradores? ¡Qué ingratos...! ¡Después de todo lo que has hecho por ellos! Y, lo más increíble y visto tu lamentable estado, has considerado que yo no era el mayor de tus problemas. Ori se esperaba un comentario parecido: -Ya... sabéis cuán difícil es sobrevivir en un país cuyos únicos bienes van exclusivamente para la nobleza... Desde hace varios días, sólo pude alimentarme de raíces y setas. Aquello no pareció inmutar a Edner: -¿Qué quieres? -Le cuestionó, seco. -¿Un... poco de pan? -No acostumbro a llevar eso conmigo. -Haced que... me lo traigan. -¿Me has tomado por tu criado, acaso? El joven agachó la vista, resignado a esta dureza de corazón. -No voy a implicarme más contigo -concluyó el monarca-. Si necesitas ayuda, no la recibirás de mí. Temo que te hayas arriesgado en vano, lo único que mereces es acabar como pasto de los buitres. Porque a ti te debo la ruina de todos mis campamentos militares, tardaré meses en reorganizarme de nuevo. -¡Oh, no vayáis a pensar que fui yo quien...! |
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| El rey se dio media vuelta, dispuesto
a no seguir escuchando al engañoso Ervenin. Éste trató de detenerlo: -¡No! ¡Esperad! No os vayáis aún. Podemos... hacer un trato. Conocedor del talante embrollador del muchacho, Edner se puso enseguida en guardia. Aunque seguía corroyéndole la curiosidad por saber con qué le saltaría ahora... -De acuerdo, sorpréndeme. -Hay algo que no sabéis... Algo referente a vuestro primo. Y a los Conspiradores. -Habla. -Os lo contaré todo, en cuanto me hagáis llegar lo que os pedí. -¿Voy a ser yo el único rey que se deja gobernar por el más infame de sus súbditos? No... Ya ha sido suficiente. -Es muy poco lo que os pido. Nada tenéis qué perder... a no ser que os neguéis a escuchar todo lo que tengo que deciros referente a vuestro primo y al destino del país. El rey lo observó con infinita desconfianza... Aunque la colosal curiosidad que daba en insoportable parecía estar ganando la batalla. Acabó asomándose al callejón, haciéndoles señales a los soldados para que se acercaran. -Llevadlo a la fortaleza. Encargaros de que lo atiendan debidamente hasta que yo regrese. ¡Y cuidado! Mantenedlo bien encerrado y vigilado, no debe huir. Dicho esto, volvió a reunirse con sus oficiales que seguían esperándolo en el patio de armas para visitar la zona del futuro campamento, allí, en Narel. |
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| Capítulo XIX (fragmentos)
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| Habían pasado tres días
desde la fuga de los rebeldes. Y se encontraba Ori aquella noche hojeando un libro de estampas ilustradas, a la luz de unas velas. No era aquél un mal sitio, se estaba muy a gusto, bien atendido y, sobre todo, con la enorme satisfacción del trabajo bien hecho. Pensaba en Irfend y en la cara que pondría su escéptico amigo al conocer por boca del propio líder de los Conspiradores la liberación del grupo insurgente a su mano, casi nada, un triste muchachito que se iba al suelo ante la simple visión de la sangre. De pronto, la puerta del cuarto se abrió. Un criado ya le había traído su vaso de leche hacía una hora, siendo ésta la última visita del día que acostumbraba a recibir. Esto no estaba previsto... Aunque tampoco le sorprendió en demasía. Edner se quedó a la puerta, dudando entre avanzar o irse por donde había venido. Los ojos de Ori se clavaron en los del rey, demacrados y hundidos, percatándose de cuán duros tuvieron que ser para él los últimos días... El libro de estampas se fue al suelo para acoger
al atribulado monarca en el momento en que se le derrumbó delante,
hundiendo el rostro entre sus manos. |
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Ori supo que aquellas palabras vanas
no eran más que fruto de su desesperación. Y, como tal, no
se las tuvo en cuenta.El rey lo observó,
sabiendo mejor que nadie que su ofrecimiento precipitado nunca se llevaría
a cabo... Y así se lo hizo saber: -No... ...Ella nunca te tendrá. Dicho esto, se acercó, tanto o más que en la Sala del Diamante, esperando que le apartara el rostro, como hiciera entonces... Viendo que no sucedía tal cosa, se detuvo el monarca, quedándose sólo rozando sus narices. No consideró Ori que en esta ocasión el propósito del rey fuera humillarlo, aunque éste lo entendería a su manera: -¿Tan dispuesto estás a aceptar lo que sea con tal de lograr tus objetivos? Ni la mejor de las causas lo merece, Oritzen. Y se incorporó, apartándose del joven y yendo a refugiarse a la ventana del cuarto para secarse tranquilamente las lágrimas. ... Fue conducido a una de las puertas
de las murallas interiores, recibiendo indicaciones de no volver a asomarse
por allí nunca más. |
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| El adusto capataz lo puso de patitas
en la calle, en cuanto lo vio: -¡Fuera de aquí, maleante! Después de todo lo que de ti se ha dicho, ¿aún tienes el descaro de presentarte en un lugar decente como éste? ¡Criminal, conspirador! ¡Perdido! ¡Si vuelvo a verte merodeando por aquí, avisaré a la guardia real! La vergüenza de verse insultado en medio de la calle le hizo apresurar el paso para alejarse de allí y evitar los viandantes que lo miraban con dudosa curiosidad. Y regresó a su propia casa, tan pobre que nadie había querido ocupar en todo aquel tiempo. Extrajo una pequeña piedra del muro cerca de la puerta, dejando al descubierto un hueco donde guardaba la llave. Esperaba encontrar todo tal cual lo había dejado, casi tres meses antes... No fue así. No pudo ocultar su sorpresa cuando se encontró con aquel caos, muebles caídos y utensilios rotos, tirados por todas partes. Una de las ventanas de madera estaba literalmente destrozada a hachazos, suponiendo que los intrusos se habían colado por allí. Dudó entre el duque de Emril que lo buscaba para matarlo o simples ladrones... Quiso creer más en esta segunda opción, aún a costa de engañarse a sí mismo. Trató de recolocar las tablas astilladas de la contraventana, arreglándola de mala manera a martillazos y con algunos clavos. Luego, había que revisar el panorama y el futuro incierto que le esperaba. En el armario encontró algunos víveres echados a perder tras tanto tiempo, por lo que decidió meterse directamente en la cama durante el resto del día, para no gastar energías y así pasar menos hambre en el más que seguro periodo de inanición que le quedaban por padecer. |
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... |
| Ori seguía a lo suyo, demasiado ocupado para
responder al rey. Y sólo entonces se fijó Edner en la angosta
estancia en la que se encontraban... Era misérrima, de una sóla pieza, de paredes ennegrecidas por la humedad, siendo todo muy reducido, como hecho a medida de un pequeño ser, como podía ser Ori. Una mesa de madera con una sóla silla, comprobando el monarca que aquello se tambaleaba más que un junco al viento. Un armario a la derecha de la entrada, vacío y con telas de araña con sus respectivos inquilinos en los dos escasos cuencos de madera que allí había. El ventanuco en la pared del fogón, molido a hachazos y reparado con no mucho arte... No quiso preguntarle a qué se debía aquello, aunque lo imaginó. Por último, una pobrísima cama a la izquierda de la puerta, allá colocada en una esquina, con un pequeño baúl de madera a los pies. Pero, lo que más le llamó la atención, fue el pesebre de piedra en una de las paredes donde permanecía sentado el chico devorando pastelillos, aparte de los enganches de hierro para sujetar al ganado. El famélico joven se dio cuenta de esta inspección a fondo: -Mi casa es un antiguo establo de caballos -informó-. Es muy pobre... No es digna de vos. -Es el mayor lujo que haya tenido nunca. -Volvería a sincerarse, deslizando sus manos por los toscos enganches de la pared. Ori sonrió, evitando chuparse los dedos delante del rey: -Es tarde -Volvió a echar mano a la tentadora bolsa donde no tardarían en quedar sólo las migajas-. Quizás no deberíais de demorar vuestro regreso al castillo. -Tenía pensado quedarme. A no ser que me eches, claro. -¿Qué? ¿Quedaros? ¿Aquí? -Si tienes algún inconveniente, me iré. -No es eso, sino que... Aquí estáis en peligro. ¿Dónde se encuentra vuestra escolta? -La dejé en el castillo. He salido de incógnito. El varado Ervenin se quedó con un trozo de pastelillo en la boca, no dando crédito a lo que acababa de oír. Edner se explicó: -No niego que es mucho lo que vengo arriesgando por acogerte, salvarte, mentir por ti y, por ti, llegar a enfermar. Los Conspiradores han sido muy astutos... Porque tú eres el único ingenio capaz de llevar a la ruina al rey de Lothir. Y aquí, se lo pensó dos veces antes de precipitarse a revelarle algo que no le fuera favorable con respecto a sus incursiones en solitario por la ciudad. Finalmente, habló: -No es la primera vez que me aventuro solo de noche por estas calles. Y también he acudido a esas tabernas de las que no paras de hablar y que parecen haberse convertido en tu segunda casa. Ori se quedó lívido. ¿El rey deambulando solo por la ciudad, sin escolta y entrando en... las tabernas? Desde luego, aquel hombre estaba definitivamente tocado del ala. Edner le confesó entonces un muy guardado secreto: -Acudí de joven, con mi hermano, por pura curiosidad. Nuestro padre nos encerró un mes en los calabozos a pan y agua, en cuanto lo supo. Y, de mayor, por pura necesidad de información, hace apenas tres meses, cuando secuestraron a Nerien. Me presenté sin que nadie se enterara, ni siquiera mis consejeros que al día de hoy siguen sin saberlo. Aparte de morirse del horror, me tacharían de incapacitado para estar al frente del país. Fueron aquellos días de gran sufrimiento, reflejándose en mi aspecto hasta el extremo de no ser reconocido ni por mis fieles. Aprovechando esta ventaja, me enfundé en unos atavíos raídos y salí una noche del castillo, caminando por las calles sólo evitando el alto de los guardias. Me encontré con maleantes, forajidos, rameras, ladrones, esclavos fugados, pero nada de lo que buscaba en aquel momento: información sobre el secuestro de mi sobrina. Es posible que hasta te hubiera cruzado por allí, si tanto acudías a esos sórdidos lugares como afirmas haberlo hecho. Silencio. Edner vio cómo los ambarinos ojos de Ori se humedecían, pareciendo sentirse culpable o, al menos, partícipe en la causa de este gran sufrimiento de su monarca dilecto. Acabó tomándolo de las manos y besándoselas, dando así a entender a su augusto huésped que tenía vía libre para quedarse si ése era su deseo. Y cuánto se complacía Edner en esta adorable entrega de su súbdito más valorado... |
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| Y así, uno tras otro fueron cayendo bárbaros
e insurgentes, siendo reducidos y encadenados, postrados en el embarrado
suelo. Una esperada victoria que no les había llevado ni una hora. Hizo el rey su triunfal recorrido por entre sus mayores enemigos, parándose ante el líder de los Conspiradores y los cabecillas de las tribus bárbaras del Este. Vio también a Irfend... Le levantó el rostro con la punta de su pie, para mejor cerciorarse. No, esta vez no habría compasión. Y allá los dejó a todos, encaminándose a la tienda de campaña donde se le había informado que se encontraba el duque de Emril. La victoria era así completa, ya no habiendo nada ni nadie en Lothir que pudiera amenazar el poder de un rey Nevothenien. Un largo y próspero periodo de paz se avecinaba... A unos diez metros de la tienda, Edner llamó a su primo: -¡Erieon! ¡Sal de una vez! ¡No hay escapatoria, estás rodeado! Al cabo de unos instantes, se asomó por fin el duque, primero media cabeza y luego dando un paso al frente, esta vez con un desvanecido y ensangrentado Ori bajo su brazo. Parecía haber cumplido su promesa de despacharlo... Frente a la monumental conmoción del rey ante tan inesperado panorama, peor aún fue el horror del conde de Nisthilen al saber qué podía suponer aquello. Inmediatamente se puso sobre aviso por si debía tomar el mando ante algún nuevo desatino del monarca. No pudo éste entender nada... ¿Cómo era aquello posible, si había dejado a Ori atado y a salvo en su casa hacía apenas unas horas? La desolación al ver que no se movía hizo que el rey se tornara torpe, cayéndosele la espada de las manos, agachándose al instante su consejero a recogérsela. |
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Capítulo XXII (fragmentos) |
| En efecto, el ejército del rey al mando del
conde de Nisthilen seguía el Ilver, en espera de actuar en cuanto
recibieran una notificación de rescate por parte de los rebeldes. Hacía el medio día, los vigilantes vieron acercarse a dos jinetes desconocidos, dándoles en seguida el alto. Ori saltó del caballo, cayéndose de bruces al suelo, gateando quejumbroso por entre los soldados, pidiéndoles hablar con el conde de Nisthilen. El conde vio a sus hombres sosteniendo al malherido chico, corriendo inmediatamente hacía él: -¿¿Dónde está el rey?? -Lo aferró por las ropas. Y sólo obtuvo lágrimas: -¡No sé...! Está enfermo, lo... perdimos hace ya varias horas, por la mañana. Y temo que ahora lo vuelvan a encontrar los rebeldes. -¡Llévanos hasta la guarida de esas sabandijas, chico! -Solicitó el conde. Ori miró a Irfend, no recibiendo ninguna indicación de su amigo al respecto, ni siquiera negándoselo. Y terminó asintiendo con la cabeza, dando orden el conde de Nisthilen de movilizar al ejército. El real consejero se fijó ahora mejor en Ori, extenuado, empalidecido y cubierto de barro ensangrentado, debiendo de sostenerlo dos soldados para que no se fuera al suelo. -Yo lo haré -dijo Irfend, dirigiéndose al noble-. Dejad que él se quede aquí, yo os conduciré mejor que nadie a ese emplazamiento. El conde asintió, ordenando que se llevaran a Ori a la tienda que hacía de veces de enfermería. Irfend contempló cómo se alejaba su amigo... Y supo que aquélla sería la última vez que lo vería, al menos, sus destinos se separaban allí. Tras esto, todos se prepararon para su partida rumbo al escondite de los Conspiradores, con esperanzas de apresar al duque de Emril. Pero, lo que menos podían sospechar, era que el duque ya hacía horas que había partido hacía la Corte. Y poco le importaban ya los Conspiradores, desentendiéndose de la suerte que estos pudieran correr. |
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Capítulo XXIV (fragmentos) |
| Pero el conde se equivocó al creer que nadie
lo buscaría allí. No de forma grave, pero había alguien,
una pequeña criatura insignificante, que también discurrió
la idea de que su rey pudiera hallarse guarecido en aquel lugar. El pequeño Ervenin desconocía si su venerado soberano se encontraba ya al amparo de sus partidarios o no, decidiendo pues probar suerte en aquel lóbrego paraje, apartado de todo y de todos, cuyos caminos colindantes eran siempre evitados en lo posible. El rey ya había salido de su celda de castigo y ahora caminaba medio descalzo por la nieve de los alrededores, no pareciendo importarles mucho a los cuidadores si se escapaba o no, cuántos menos pacientes tuvieran menos trabajo para ellos, recibiendo la misma mísera paga por veinte que por treinta. Vieron incluso a aquel pequeño ser merodeando y asomándose por entre los matorrales, espiándolos, no prestándole la más mínima atención. Y salió Ori al fin de su "escondite", pasando por entre los cuidadores y los residentes sin que nadie lo detuviera ni le pidiera cuenta alguna. Entonces, se acercó a uno de los pacientes de revueltos cabellos rojizos que reposaba plácidamente sentado en un tocón de árbol. El personaje en cuestión pareció no concederle tampoco el más mínimo interés, por lo que el chico supuso que su búsqueda debía proseguir por otro camino. Pero se fijó ahora con más detenimiento en aquellos sesgados y hundidos ojos... Y se le llenaron los suyos de lágrimas, tomando aquellas manos y derrumbándose sobre las rodillas del siempre impávido paciente: -¡Mi Señor...! ¡Mi Señor! -Sollozó, con el rostro hundido en el tan anhelado regazo. Edner pareció entonces inmutarse por primera vez desde que perdiera la razón. Miró muy atónito al muchacho que allí suspiraba en su regazo, pero no alcanzó a discernir mucho más. Se acurrucó Ori sobre sus rodillas tratando así de darle calor. Le apartó los descuidados cabellos y lo besó en los ojos y las mejillas una y otra vez, dejando aún más perplejo al ya confundido monarca, aparte de los cuidadores que observaban curiosos la escena. -¡Os sacaré de aquí...! -Se secó los ojos-. ¡Cuidaré de vos, por vos lo daré todo, hasta mi vida! Pero el rey se quedó como si nada. Terminó por levantarse, dejando caer al muchacho de trasero sobre la nieve. Luego, se alejó de allí con paso muy pesaroso, rumbo a la oscura residencia con ventanas de rejas donde se resguardaban los internos. El pequeño Ervenin se apresuró a alcanzarlo: -¡Señor! ¿Es que... no me reconocéis? ¡Majestad...! Uno de los cuidadores pareció oír esto y Ori se dio cuenta. Tomó al monarca por una mano y lo condujo fuera de allí, como siempre, sin que nadie se lo impidiera. Colocaría su propia capa sobre los encorvados hombros del rey, conduciéndolo por los nevados caminos rumbo a algún lugar de la costa, donde el clima era más llevadero. Al no encontrar ninguna posada que quisiera acoger a un perturbado, hubieron de dormir dos noches al relente, haciendo Ori una fogata y arropando en lo posible al aterido soberano que no dejaba de castañetear los dientes de frío. El joven llegó a creer más que nunca que él era, sin duda, la causa del fin de aquel hombre. |
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Capítulo XXV (fragmentos) |
| Una vez en el cuarto, Ori sentó al rey frente
a la pequeña chimenea, sacándole las botas y friccionándole
los pies para hacerlo entrar en calor. Luego, le quitó todas las
ropas mojadas, lo envolvió en una manta caliente y lo metió
en la cama, no pareciendo éste objetar ante ninguna de las órdenes
del chico. Tras acomodar al rey, también él se dispuso ahora a atenderse a sí mismo. Sintió que aún le costaba respirar incluso ante el más mínimo esfuerzo, debiendo de sentarse encorvado en el borde de la cama, al sentir que empeoraba. Desde su lecho, Edner contemplaba al joven con la cabeza gacha y haciendo grandes esfuerzos por tomar aire. Y entonces, se oyó aquella profunda voz, clara y pesarosa: -No has debido de salvarme. Mi Reino está perdido, yo estoy perdido, todo lo que me rodea lo está, incluido tú. Ori alzó el rostro, pudiendo ver al rey sentado en el lecho, no percibiendo más en su mirada aquel acostumbrado vacío y ausencia. -Creía... que estabais trastornado cuando pretendisteis enterrarme vivo y ahogarme. -¿Enterrarte vivo? ¿Ahogarte? -Se extrañó-. ¿Pero... ...qué me dices? Quiso pasarse la mano por la barba, percatándose de que no la tenía. Y se quedó en silencio, muy pensativo: -Todo es muy confuso y oscuro -Trató de recordar-. Hasta el momento de percibir la muy clara sensación de la luz regresando a mi mente mientras me hundía contigo en aquella poza. Recuerdo perfectamente quedarme aprisionado en el árbol, con tu viva imagen permaneciendo siempre a mi lado. Porque nunca te fuiste. Siempre estuviste allí, no abandonándome en ningún momento. Todo era muy grato... Tu luz, tu sonrisa, tu calidez. Luego, me desperté contigo dándome de bofetadas, en un bosque de noche. Creo que... vas a tener que darme muchas explicaciones... o quizás yo a ti. Con la cabeza hundida entre las manos, Ori pareció no encontrar palabras apropiadas para ese momento. Pero al menos lo intentó, sonriéndole: -No hay ninguna explicación qué dar, Señor. Mi recompensa es vuestra salud y vuestra vida. Edner se incorporó ligeramente en el lecho, sintiendo que le reventaba la cabeza: -¿Dónde estamos? -Quiso saber. -A escasamente una jornada a pie de la costa oeste. Vuestro... primo... Y se calló de súbito, creyendo que aún no era oportuno revelarle al monarca todo lo que viniera ocurriendo en las últimas semanas. Pero Edner pareció recordarlo: -¡He... renunciado al Trono! ¡Erieon...! ¿Dónde se encuentra ahora? ¿Qué... ha pasado en este tiempo? -Nada bueno... Vuestro primo va a ser coronado en cinco días. Ha tomado la Corte, ahora todo el país está bajo su mandato. El rey se alarmó: -¿Qué... les ha ocurrido a mis fieles? ¡El conde de Nisthilen y...! ¡¡Mi sobrina!! -Supongo que estarán bien, Señor. No he vuelto a saber del conde desde que os perdimos el rastro, hace casi un mes. Edner se levantó de un salto del camastro, buscando al instante sus ropas que aún se secaban al calor de la pequeña chimenea. -¿Qué vais a hacer? -Trató de detenerlo Ori. -Mi consejero posee en la costa una de sus propiedades. Me dirigiré hacía allí, los siervos sabrán decirme su situación y paradero. -¡Es muy peligroso, Majestad! ¡Y aún es muy pronto, no estáis restablecido! -¡No es muy pronto! -ultimó el monarca, ya saliendo por la puerta aún colocándose el jubón-. Sólo espero que no sea demasiado tarde. El orondo posadero había vuelto a salir de su cuarto, al oír toda aquella algarabía. Y se encontró a sus dos escandalosos huéspedes en la planta baja, dispuestos ya a marcharse otra vez. Creyendo que pretendían irse sin pagar, corrió escaleras abajo, reclamando su renta de la habitación. Ori le apuntó tembloroso a la mesa, indicándole que le había dejado allí el dinero. Pero el posadero se hallaba demasiado furioso, dirigiéndose vara en mano para darles un buen escarmiento al chico y al chiflado. Llegó a la altura de Ori que se ocultó raudo detrás del monarca y hasta la vara se le pareció quebrar en el aire en el momento de enfrentarse a aquellos sesgados y gélidos ojos encendidos en fuego que parecieron atravesarle el cerebro de lado a lado como una fulminante lanza invisible. El posadero dejó caer la vara, bajando los brazos y quedando muy desconcertado ante la imponente figura del recio personaje que, encima, estaba desquiciado. -Necesitamos caballos. -Fueron las únicas y ásperas palabras del rey. -S...Sólo tengo uno, Señor. U...una yegua tozuda que uso para la labranza, no sé si os servirá. -Es mejor que nada. -afirmó Edner, saliendo afuera, esperando a que le prepararan la montura. Ori se acercó al posadero y le dio todo el dinero que llevaba: -Es todo lo que tengo, espero que pueda compensaros por la yegua y las molestias. El hombre tomó las monedas, asintiendo con la cabeza. El rey se subió a la ancha grupa de su montura en cuanto estuvo preparada y a punto estuvo de espolearla para salir al galope de allí, olvidándose del muchacho. Deteniéndose a tiempo, se dirigió al chico, que ya se retorcía las manos junto a la puerta. -Creo que no debería dejarte aquí. Ori le indicó que no, con su típico gesto. Y le extendió Edner la mano, ayudándolo a subirse y sentándolo detrás de él. La yegua no pareció resentirse apenas por
el escaso peso de la nueva carga, pudiendo ambos avanzar rápidamente
y llegando a la costa antes del amanecer. El monarca se detuvo al creer
ver en el camino dos lejanos puntos de luz, considerando que podían
ser soldados de Erieon con antorchas.
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