"Cuando muere un Ruiseñor"

Libro I - Drama Épico - Novela de 276 páginas
Números de Registro: 05/2006/323 y 05/2009/216


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En esta página se muestran extractos de la novela, aparte de algunas ilustraciones que la acompañan.
Está ordenado por capítulos, con algunas de las escenas más relevantes de la misma.
El material aquí expuesto es exclusivamente para su visualización, si quieres utilizar alguna de mis imágenes o textos, por favor escríbeme a ninarcomics@yahoo.es


Personajes principales:
Edner Nevothenien: Rey de Lothir.
Oritzen de Noried: Artesano.
Nerien Nevothenien: Sobrina del rey y heredera al trono.
Irfend de Corbin: Artesano.
Conde de Nisthilen: Consejero Real.
Erieon Nevothenien: Duque de Emril y primo del rey.

 

"Tiene las alas gachas… Parece conforme pero no deja de estar sometido a la opresión."
Oritzen de Noried
Artesano e insurgente

En la lejana Noried, región gélida y postergada por sus reyes, vivía un pequeño ser, ínfimo e insignificante, cuya vida nunca hubiera trascendido si no fuera por el pronto y radical giro que iba a darle al futuro de todo un país.
Su destino parecía abocado a la tragedia, siendo quizás esto lo que le infundiera un aguzado sentido de supervivencia. Tras unos primeros años plagados de sinsabores, había entrado en la juventud con igual o peor fortuna, optando por turbias vivencias perseguidas y penadas con la muerte, entre ellas, la colaboración con rebeldes contrarios al rey. Al igual que muchos otros, su arresto y ejecución era sólo cuestión de tiempo.

 

En el reino de Lothir, las extremas tiranía y pobreza estaban a la orden del día. Sus gobernantes se centraron durante siglos en la conquista y control de territorios, luchando entre sí y sofocando intrigas internas, hasta el extremo de diezmar a su propia estirpe.
inmerso en una oscura crisis, propiciada, como no, por las guerras. Sus mandatarios cooperaron en este descalabro preocupándose más de expandir sus dominios que de atender las necesidades de su pueblo, que llevaba siglos sucumbiendo bajo el yugo de estos reyes tiranos.

...

Desde hacía siglos, los campesinos se consideraban útiles para abastecer a la nobleza y pagar los altos tributos por el cultivo y uso de las tierras. A los criminales se los esclavizaba y se los condenaba de por vida a trabajar en las minas de hierro, al norte y al este, estas últimas muy cerca de la Corte.
A trabajar de por vida… porque ninguno de ellos alcanzaba un sólo año en las lamentables condiciones a las que allí se los sometían, siendo éste uno de los principales motivos por los que el rey contaba con tantos y tan feroces detractores.

La pobreza y la injusticia acarreaban disconformidad en la población. La disconformidad conllevaba a la rebeldía. Y la rebeldía, a la sublevación. Los rebeldes eran considerados criminales, por lo que el descontento del pueblo, lejos de ser un problema, suponía una incesante fuente de mano de obra para trabajar en las minas en las que era necesario reponer continuamente a los esclavos por la alta mortandad.


 
 

 

Capítulo I (fragmentos)

 

Aquella noche decisiva para la vida de la princesa se alzó tormentosa y de una extremada oscuridad. Cinco jinetes encapuchados se abrían paso bajo la torrencial lluvia, deteniéndose en una ladera rocosa justo al lado del frondoso bosque que acababan de atravesar. Uno de estos jinetes parecía conocer muy bien aquel sitio, disponiéndose a apartar unos matojos trenzados entre sí que resultaron ser una efectiva puerta que se camuflaba con el resto de vegetación del entorno.
Se descubrió entonces la entrada al cobijo secreto de los Conspiradores, el grupo rebelde que tantos sinsabores les vinieran causando a los reyes Nevothenien desde hacía años. Y fue por ello que no dejó de ser paradójico ver a un familiar del rey allí, entre los rebeldes: Erieon Nevothenien, duque de Emril y primo del monarca.
El traidor duque llevaba mucho tiempo confabulando contra su propio primo, pese a que tampoco se trataba de un personaje del agrado de éste. Pero era de su sangre por lo que el soberano ya le había pasado por alto demasiados altercados. Lógicamente, lo de esta ocasión sobrepasaba los límites de lo perdonable. Y más cuando el propio duque había sido el impulsor del secuestro de la princesa.

...

Irfend y Oritzen presenciaban la escena con sumo interés, terminando por desviarse la atención de este último hacía otros lares... A la entrada del recinto donde se hallaba la real joven, nada menos. Aprovechando que todos estaban centrados en el duque y el colgante, el chico decidió acercarse a atisbar a la princesa. Se asomó con suma precaución, en vistas de que los portadores de antorchas se habían retirado, ya no habiendo trasluz alguno que lo camuflara. Pudo verla allí con las manos atadas a la viga, abstraída, como si cavilara sobre una fuga imposible. Vestía un ropaje fastuoso aunque ya desgajado y sucio de barro… El hermoso rostro de Nerien tenía ahora los ojos hundidos por la fatiga y el llanto, una lástima, pensó el muchacho, aunque no pudo dejar de contemplarla con admiración, como buen amante del arte y la belleza que era.

De pronto, ella alzó el rostro y sus miradas se cruzaron, retirándose él al instante. Fue menos de un segundo, suficiente para dejarlo sin respiración allí arrimado al soportal, momento en el que su compañero le hizo señas para que se alejara y no hiciera tonterías.

 

Capítulo III (fragmentos)

 

 

A la mañana siguiente y más ojeroso que de costumbre, Ori se dirigió al taller, rutina que venía desempeñando desde hacía un año, desde que llegara a la Corte proveniente de Noried.
La helada Noried, una remota región al norte del país, medio olvidada por los monarcas de Lothir. El propio gobernador de este siempre invernal territorio había gestionado todos los trámites para que el chico de apenas quince años se trasladara a la Corte, en donde tendría muchas más oportunidades para desarrollar su talento y procurarse una vida digna. Ya en su día había el gobernador acogido a Ori en su castillo, compadecido de la triste historia del muchacho. Allí tampoco le habían ido bien las cosas... Sin tiempo para dedicárselo a su protegido e incapaz de controlar sus vivencias, decidió enviarlo a la Corte, obteniendo, paradójicamente, el beneplácito del rey que nunca sospecharía que el joven iba a agradecérselo colaborando en su contra con los rebeldes.

...

 


Acabó tomando su capa y saliendo disimuladamente de allí, viendo cómo Irfend seguía hablando con el capataz, ajeno a todo.
Se dirigiría a la parte posterior del taller, quedándose a la entrada del sombrío y siempre desierto jardín que, curiosamente, sólo él acostumbraba a frecuentar cada vez que buscaba un poco de soledad y sosiego. Cuán diferente sería en esta ocasión...
Recorrió el estrecho pasadizo de altos matorrales que parecían no haber sido podados desde que faltara la madre del rey, la verdadera benefactora de aquel lugar. Éste conducía a un recóndito y acogedor rincón de muros recubiertos de hiedra, presidido en el centro por una pequeña fuente cuya agua estaba siempre cubierta de hojas, encargándose de limpiarla a menudo el propio Ori. Era un lugar diferente, casi mágico y muy íntimo, siendo esto más que idóneo para lo que allí se avecinaba. Y el corazón pareció detenérsele y la sangre helársele cuando se topó, allí frente a él, nada menos que a la princesa Nerien jugueteando con las hojas de la fuente.

...


Esa noche, una llorosa princesa se fue a quejar amargamente a su tío por la vil conducta de uno de sus súbditos.
El rey se quedó estupefacto ante lo rocambolesco de la historia... Aquello no tenía ni pies ni cabeza.
Pero tampoco podía dejar de lado lo que le contaba la afrentada Nerien que aseguraba que el chico era un infame. Contradijo a los guardias y le tergiversó la historia a su tío, alegando que el muchacho se había propasado con ella, en contra de su voluntad. El rey abrió mucho los ojos, atento a la increíble narración de su sobrina. La conocía bien, se había convertido en su suplicio y lamentaba profundamente no haber hecho un buen trabajo al educarla, tal y como le había prometido a su hermano antes de morir.
Había pensado en regalarle una nueva y muy costosa alhaja para quitársela de encima y que no lo molestara, pero aquello que le estaba contando era demasiado grave para dejarlo pasar. Consideró pues que debía indagar en el asunto y, de ser cierto, castigar sin compasión al vil ultrajador.
Lógicamente, la princesa tenía todas las de ganar.

...

Ori se encontraba en su casa, ajeno a todo, dispuesto a irse a dormir. No había olvidado el incidente del jardín, pero trató de no darle demasiada importancia, los caprichos de una princesa no deberían de quitarle el sueño...
¿O... sí?
De pronto, alguien más que llamar, aporreó la puerta. Aquello incomodó al chico, creyendo que se trataba de algún vecino molesto, algo que abundaba por las cercanías.
Abrió la puerta, dispuesto a enfrentarse al vecino impertinente... Lo que menos se esperaba era ver allí a tres soldados del rey armados hasta los dientes. Antes de que pudiera decir nada, le echaron un saco a la cabeza y lo ataron, desoyendo las protestas del desconcertado joven.
Y así, de este modo, descalzo y con ropa de irse a dormir, se lo llevaron literalmente a rastras hasta los calabozos del castillo.

Una vez allí, lejos de respetar su presunción de inocencia, lo molieron a palos, riéndose de su aspecto endeble y llenándole los oídos con todo tipo de historias sobre las horribles torturas a las que sería sometido, tratando así de atemorizarlo aún más.
Considerando que era suficiente agravio ya que el rey pretendía interrogarlo, los rudos carceleros prefirieron detenerse allí, no fuera el monarca a tomar represalias contra ellos. Y se marcharon, dejando al malherido prisionero tumbado en el suelo, magullado y retorciéndose de dolor.
Así permanecería toda la noche, contusionado y aterido de frío, habiéndose arrastrado hasta una húmeda esquina y acomodándose allí, en espera de lo que vendría después.

A primera hora de la mañana, la puerta volvería a abrirse. Ori, que seguía resguardado en su esquina, ya esperaba cualquier cosa. Una nueva tanda de palos, esta vez hasta reventarlo y acabar con él. Allí, en un húmedo y oscuro calabozo del castillo de los inmundos Nevothenien, iba a acabar, al fin, su mísera vida.
O, al menos, era lo que pensaba.
Vio frente a él a un hombre fuerte y muy alto. Tenía largos cabellos rojizos que recogía hacía atrás, de gélidos y traslucidos ojos sesgados y expresión severa. Pero, lo más sorprendente, era que sus rasgos se le hacían familiares.
Trató de recordar a toda prisa dónde pudo haber visto un rostro similar con anterioridad...
Y su memoria no le falló. Se trataba del duque de Emril, el traidor primo del rey.
Pero aquél no era el duque, eso era obvio... Entonces, sólo podía...

 
 

 

Capítulo IV (fragmentos)

 

De un vistazo esta vez más prudente, volvería a vislumbrar al rey, allá abajo, conversando distendidamente con otros nobles. Quizás... ...allí estuviera la solución.
Volvería a levantarse y dirigirse a la puerta, esperando recordar el largo camino de vuelta por aquel laberinto de pasillos.
Algún criado indulgente le indicó la dirección a tomar, logrando llegar a la parte baja del castillo en menos de quince minutos, siempre dando más rodeos de los necesarios. Vio el portón de salida allí a pocos metros de él, la libertad, el alejamiento de los odiados Nevothenien, la ausencia de problemas...
Y terminó volviendo la mirada en otra dirección. Cuando debió de dirigirse a la salida, se encaminó hacía el lado opuesto. Tras solicitar la ayuda de otro criado, le indagaría sobre cómo llegar hasta el patio ajardinado donde antes viera al rey. El sirviente le indicó el camino, aunque lo advirtió de que le estaba prohibido acceder a ese lugar, sólo frecuentado por los nobles. Sin darle apenas importancia a este detalle, hacía allá se dirigió Ori, sin sospechar de todas las consecuencias que le iba a acarrear su desinteresado altruismo, que daría un giro radical a su vida y a la de más de un insigne personaje.

...

 

Miró hacía arriba a la almena, pudiendo comprobar que el sitio exacto era aquél. Tras varios vistazos alrededor, tampoco vio nada. Buscó detrás de los setos, de los árboles, de las fuentes... Aquello se había vuelto solitario, anochecía y empezaba a llover. Era lógico que todos se hubieran ido.

Resignado, también él se dispuso a marcharse. Había hecho lo que había podido, bastante tenía con cargar con su propia vida. Deseaba regresar a su casa, a su rutina y su gente de siempre. Caminó hacía los arcos de la salida, dando patadas a las hojas del suelo, cabizbajo. Una de las veces en las que arremetió con más fuerza, levantó tierra del suelo, yendo ésta a parar a los pies de alguien que pasaba casualmente por allí. El personaje miró a ver qué ocurría, haciendo lo mismo el descuidado muchacho...
Un fulminante rayo pareció atravesar a Ori en ese instante, de arriba abajo. Incluso dejó de respirar por momentos, volviéndose lívido como la cera. El otro personaje tampoco se quedó corto, sus ojos se abrieron asombrados y adquirió una expresión muy amenazante:
-¡¡Tú!! -Le increpó, muy enfadado y no exento de sorpresa-. ¿Qué demonios estás haciendo aquí?
Le sería imposible articular palabra. Sintiendo que se ahogaba, balbuceó algo inteligible, llevó sus manos a la cabeza que le daba vueltas, hasta que una violenta subida de fiebre lo llevó irremediablemente al suelo, desvanecido. El personaje alcanzaría a sostenerlo a tiempo, evitando así que se rompiera la nariz contra el empedrado.
Lo más probable sería que el osado chico terminara arrojado de mala manera del castillo, eso en el mejor de los casos...

 

Capítulo VII (fragmentos)

 

 

El rey lo echó sobre una tumbona de mimbre en un rincón ajardinado y luego hizo él lo mismo, en otro asiento al lado del ebrio joven. Cerró sus agotados ojos y alcanzó a dormir unos escasos minutos, arropado por el aún cálido sol de la tarde. Pero no tardó en despertarse de un súbito sobresalto, fruto de su desasosiego crónico. Miró a Ori, que parecía hallarse profundamente dormido. Luego se levantó y se dispuso a preparar su tarea prevista para esa tarde.
Fue hasta su revolucionado escritorio, en busca de los manuscritos con las órdenes para las ejecuciones públicas de varios reos, compromiso al que debía asistir en menos de una hora. Los buscó y rebuscó, en vano. Aquellas ejecuciones no se podían llevar a cabo sin las órdenes firmadas por el rey. Espiró fuertemente, sospechando lo que allí había sucedido...
Marcharía veloz hacía su adormilado huésped, al que no dudó en aferrar por las ropas, zarandeándolo sin miramientos:
-¡¡Las órdenes de ejecución!! -Lo agitó bruscamente-. ¿Qué has hecho con las órdenes de ejecución?
Ori, que apenas se había percatado de la tremenda sacudida, sólo alcanzó a balbucear algo inteligible, debiendo el monarca de colocarle la oreja frente a su boca:
-La... chimenea. -tartajeó, prácticamente en sueños.
Una vez más, un rey de piedra. Y ya iban dos veces en los últimos veinte minutos, a causa de un vulgar mozalbete que ni era de su sangre ni menos le importaba. Corrió hasta la chimenea, encontrándose sólo con fuego y brasas, como era de esperar.
Edner se sentó en el suelo, sobre la piel de oso, hundiendo el rostro entre las rodillas. Así se quedaría unos minutos, al cabo de los cuales se levantó, encaminándose a la salida y ordenando a los guardias que fueran en busca de su principal consejero, el conde de Nisthilen.

...
 

El rey respiró, al fin, tranquilo y relajado. Se estiró en su sillón y se sintió feliz como nunca, al contar con tantas horas de grata ociosidad... y sin la presencia del latoso joven, para qué negarlo, pese a haberle resultado ciertamente simpático y bastante útil.
Al cabo de unos quince minutos, se ausentó también él de sus aposentos rumbo al patio ajardinado que a estas horas estaría lleno de nobles rebosantes de noticias e insólitos rumores de la Corte, en vistas de que las ejecuciones se habían aplazado.
Al salir por la puerta, se topó, atónito, con los dos guardias. Era imposible que en ese corto espacio de tiempo hubieran llevado a Ori hasta las afueras y regresado a sus puestos.
Ante la obligada pregunta del monarca, los guardias no dudaron en darle cuentas:
-Nos encontramos con vuestro noble primo, el duque de Emril. Pareció reconocerlo por algo, le arrebató de las manos una bolsa con monedas de oro las cuales arrojó al suelo llamándolo algo así como "traidor" y nos ordenó que nos retiráramos, haciéndose él cargo del chico. Por cierto, éste le propinó un tremendo bocado en la mano al duque, que a su vez le respondió con una garrafal bofetada. Luego, se lo llevó arrastrando y pataleando, a saber hacía dónde, por uno de los pasillos sur.
Edner se llevó repentinamente la mano al estómago, al sentir un fuerte dolor agudo que lo obligó a encorvarse. Se le hacía imposible que su primo pudiera conocer de algo a su delator, pero ahora sólo pensó que su vida pendía de un hilo.
Respiró con fuerza varias veces, tratando de aliviar aquel sufrimiento. Los guardias salieron corriendo para dar la voz de alarma y llamar a los médicos, pero el rey les ordenó que se detuvieran. Aún encorvado por el dolor, se encaminó rápidamente hacía los pasillos sur, tratando de evitar una tragedia de la que él se creía responsable.

...

 

Corrió cuán rápido pudo por los infinitos pasadizos, abriéndose paso entre la gente, siendo ésta una de las escenas más insólitas que recordaran los nobles súbditos en mucho tiempo.
Llegó a la zona sur del castillo y detuvo a todo el mundo, preguntándoles por el paradero de Erieon, el duque de Emril. Nadie parecía haberlo visto.

Corrió más allá y volvió a preguntar. Entonces le dijeron que habían visto al duque hacía algunos minutos, portando sobre su hombro a un joven que no dejaba de patalear y vociferar, clamando ayuda a la vez que lo insultaba. Se había dirigido hacía un cercano torreón, no volviendo a vérseles más. Y hacía allá se fue a la carrera el alarmado monarca.
Subió las escaleras del torreón de cuatro en cuatro, encontrándose con una puerta cerrada a cal y canto. Tuvo el rey la poca precaución de no llamar a la guardia... Aporreó la puerta cuán fuerte pudo, tardando sólo unos segundos en abrir su ocupante.
Erieon asomó el rostro por la rendija de la puerta, recibiendo un tremendo empujón que lo envió a varios metros más allá. Y el alma se le cayó entonces a los pies al monarca...
Allí, en medio de un gran charco de sangre y pálido como la nieve, Ori se desangraba, con las manos en el cuello, estando aún consciente.
Edner rasgó inmediatamente un trozo de sus vestiduras y trató de taponar la profunda herida de la que brotaba sangre en abundancia. Lo que menos sospechaba era que él iba a correr su misma suerte.
Sin pronunciar palabra y siempre por la espalda, Erieon le hundió su daga en el costado a su primo. Tras esto, se fue corriendo de allí, con obvias intenciones de huir del castillo y de la Corte.
Casi sin fuerzas, Ori tomó de su cuello el trozo de tela y se lo colocó al rey en el costado, apretando con fuerza al ver que la sangre empezaba también a brotar de forma alarmante. Los dos se miraron, algo desconcertados. Su sangre se mezcló, chapoteando ambos en el profuso y enrojecido charco, tratando inútilmente de levantarse. Aquello parecía estar sentenciado.
Fue entonces cuando Ori recostó la cabeza en el muro de piedra, pareciendo disponerse a morir. Edner vio cómo cerraba los ojos, resignado a lo inevitable. También él cerró los suyos, sintiendo cómo le sobrevenía un profundo sueño, ese mismo que venía anhelando desde hacía años...
Al fin, podría dormir.

 

...

Las altas montañas a lo lejos, desde las que le llegaba hasta su rostro una intensa brisa helada que lo mantuvo transpuesto un buen rato. Sólo en Noried había podido vivir algo así, no dejando de chocarle que ahora tuviera que experimentarlo desde el secular castillo de los tiranos Nevothenien, a los cuales él mismo se había esforzado en combatir.


Al bajar las escaleras en caracol y salir por la puerta, se encaminó a la que tenía más cerca: el fabuloso armario del rey en la sala principal, donde guardaba sus indumentarias más costosas y que sólo vestía en ocasiones realmente especiales.
Un ventanal con una hermosa vidriera de colores dejaba aún pasar la luz de la tarde, poniéndose entonces Ori a hacer lo que mejor se le daba: hurgar y hurgar.
Disfrutó pasando sus manos por las majestuosas capas reales, llegando incluso a envolverse en una de ellas y debiendo luego de hacer insignes esfuerzos para volverla a colgar. Había muchas prendas de exquisita tela, la mayoría bordadas en oro, plata y pedrería de lo más variado. No podía entender cómo el rey no hacía uso a diario de aquellas magníficas indumentarias, viéndosele siempre ataviado de lo más rústico y simple.
No contento con esto, centró su atención en las cajoneras que había en la pared de la derecha. No todas estaban abiertas, pero sí las suficientes para saciar la curiosidad del entrometido Ervenin. Allí se vio con algunas de las cartas personales del rey en sus manos, en su poder, todas a su alcance. ¿Había acaso algo más recreativo e interesante para un alma ociosa y aburrida? ¡Saber de la vida íntima de otros!

...

 

Entraba Edner por la puerta principal de sus aposentos cuando escuchó aquellas suaves notas.
Miró a los guardias que vigilaban la entrada, viendo en sus rostros una expresión de contento y relax causado por la música, algo nada procedente para los puestos que desempeñaban.
Entró y se detuvo unos momentos a la puerta de su cuarto, lugar de donde provenía el melodioso sonido.

Finalmente se decidió a entrar. Y la música se detuvo al instante, pudiendo el rey ver justo lo que esperaba: sentado sobre la piel de oso frente a la chimenea, el pequeño Ervenin tocaba el viejo laúd perteneciente a la familia de los Nevothenien.
Sereno como siempre, Edner se acercó, agachándose para estar a la altura de Ori. Miró el laúd y pasó su mano por la fina madera lacada, como si se tratara de un objeto muy preciado.
Y así era, acabando por confirmárselo:
-Perteneció al anterior rey de Lothir.
-Vuestro hermano.
Edner le asintió con la cabeza:
-Era un gran artista y un gran músico. Al contrario que yo, que parezco haber nacido para cosas brutas y zafias. Quizás esta sensibilidad le costara la vida, no son cualidades nada prácticas en un país bárbaro y salvaje como éste.
-¿Y... por qué teníais el laúd tan escondido en vuestro armario? Aunque no se toque, es una hermosa pieza de arte.
-El último en tocarlo, fue mi hermano. Y yo me había prometido a mí mismo que nadie más volvería a hacerlo.
Ori vio horrorizado cómo aquel laúd se le escapaba de las manos, debiendo de sostenerlo rápidamente Edner para que no se malograra contra el suelo. La felina y aguda mirada del monarca pareció indicarle que su cuello estaba a punto de ser retorcido... Llevó sus manos a la garganta en un intento de protegerla, considerando cuán absurdo podía ser su final: morir por un viejo laúd en vez de hacerlo por el país, como todo buen insurrecto.

...

Así pues, la música sería la encargada de amenizar las tardes del atosigado monarca, para suerte de Ori que veía así una vía de escape que lo libraba de abordar temas que para nada le eran convenientes. Tras cerca de tres semanas restableciéndose en el castillo de los Nevothenien, terminó resignándose a ser el recreo del tirano de Lothir aparte de confiarse de que nunca sería interrogado ni acusado de rebeldía.
Quizás por ello tuvo el valor de formular aquella comprometida pregunta, una noche en la que se encontraba junto a la chimenea jugueteando con el real ruiseñor, mientras el monarca leía en su silla, como de costumbre. Y habló, acariciando con suavidad la cabecita del dócil pajarillo como si esto le infundiera valor:
-Antes de perder el privilegio de permanecer aquí a vuestro lado, quisiera que me revelarais el motivo de la pérdida de poder de los Ervenin a manos de los Nevothenien. Quiero saber por qué mi familia vivió y murió en la pobreza cuando su rango es noble y, si cabe, más antiguo que el vuestro.
Hasta las lentes le resbalaron por la nariz al monarca, alzando la vista por encima de ellas y mirando al chico totalmente incrédulo. ¿A qué venía aquello ahora?
Viendo la sorpresa que había causado, Ori prosiguió:
-Poneros en mi lugar, ¿No os gustaría conocer el origen de vuestra caída en desgracia?
Edner apartó el libro y se retiró las lentes, frotándose los ojos al sentirse agotado. Viendo que el pequeño Ervenin seguía esperando, optó por contestarle:
-Lo sucedido con los Ervenin acaeció hace más de cien años, cuando reinaba mi bisabuelo. Entenderás que es de mínimo interés para que el rey de Lothir se lo sepa de memoria.
-Sé que lo sabéis. Hay crónicas escritas, bien pudisteis acceder a ellas aunque sólo fuera por curiosidad.
La sutileza del muchacho se le hizo irritante en exceso. Parecía leer su alma como un libro abierto, preguntándose si no estaría conociendo demasiados detalles sobre su persona que pudieran perjudicarlo en el futuro.
Y no pudo más que reconocer la verdad:
-Está bien. Es cierto que busqué los documentos que se refieren al caso. Has venido a revolver demasiada inmundicia, ese asunto llevaba cien años cerrado.
-¿Entonces... vais a revelarme qué les sucedió a mis antepados?

...

 

 

 

Capítulo XII (fragmentos)

Pasaron dos días.
Los criados se habían encargado de limpiar el cuarto de Ori, aunque el olor de la sangre allí seguía, como un lastre cuya única misión fuese atormentarlo.
Había pasado este tiempo muy tenso y mortificado, sin hacer nada, sin comer ni apenas dormir. Le inquietaba la más que posible siguiente "sorpresa" que pudiera el rey tenerle preparada, sabiendo que ingenio no le faltaba para esto.

De pronto, la puerta volvió a abrirse...
Y no era un criado. Ni tampoco el rey. El chico se incorporó de un salto al ver de quien se trataba:
¡Era Nerien!
Lo primero que le sobrevino a la mente del decepcionado Ervenin era que la princesa venía a burlarse de su desgracia. ¿Qué otra cosa se podía esperar de un vil Nevothenien?
La joven se acercó, mostrándose muy conmovida por su lamentable aspecto:
-¡Estás tan ojeroso! No me equivocaba cuando oí a mi tío hablar con ese intratable del conde de Nisthilen. Ven, Ori... -Le tendió la mano-. Voy a sacarte de aquí.
Pese a los recelos iniciales, el infeliz muchacho no lo dudó un instante. Dándole la mano, sintió una cálida energía que pareció indicarle que podía confiarse...
Así pues, terminó por dejarse guiar por la que consideró su única salvadora en esos trágicos momentos, siendo conducido y puesto a salvo en sus estancias personales, bajo promesa de ser protegido de la ira del rey.

...

Al día siguiente, se encontraba Ori solo, muy triste y abatido en un pequeño patio ajardinado de los aposentos de la princesa. Estaba esperando a que ella llegara para hacerle entrega de una hermosa rosa blanca de papel que él mismo le había confeccionado, pareciendo auténtica.
Pero eran otros los ojos que lo observaban en silencio desde detrás de una columna rodeada de azaleas...
La algidez de aquella mirada pareció clavársele a Ori como una daga de hielo, enseguida alzando la vista para cerciorarse de que estaba equivocado...
El salto que dio contra la pared fue memorable.
Y de su escondite salió Edner, dirigiéndose hacía el espantado muchacho.
-¿Q...Qué... hacéis aquí? - le tartajeó, aterrorizado-. ¡Éstas son las estancias privadas de la princesa!

-Justamente... Pero te recuerdo que, aparte de rey, soy su tío.
Ori miró a todos lados, a ver por dónde podía echar a correr.
El monarca fue directo y conciso:
-Lo que me trae aquí no eres tú, sino mi deber de tutor. Me consta que has estado viéndote con mi sobrina por las noches.
-¡No es verdad! -Se apresuró a desmentírselo.
-Empiezo a cansarme de tus sucias mentiras. Los guardias me aseguraron que ella estuvo en tu cuarto anoche.
-También tendrían que haberos dicho que se marchó apenas unos instantes de irrumpir en mi cuarto. Nunca osaré aprovecharme de la única persona que me está ayudando en estos momentos tan trágicos de mi vida.
La traslúcida mirada del rey volvió a afilarse como si pretendiera atravesarle la mente y conocer todo lo que en ella había:
-Se te ve muy triste... Es comprensible y más sabiendo que tu buena fortuna acabará pronto. Ella se cansará de ti y te tendremos finalmente en nuestras manos. Aunque... quizás no haya que esperar tanto.
-¿Qué... queréis decir?
-En efecto, me consta que no estás cumpliendo con tus deberes de pretendiente tal y como debieras. Ella se aburre... Y así me lo ha confirmado, hoy mismo he sido testigo de cómo ponía sus ojos sobre otro joven... que no eras tú.
Ori se quedó muy sorprendido, pese a saber que aquello bien podía suceder. Pero Edner sabía que el origen de su amargura era bien distinto:
-Nunca creí que fueras tan aprensivo... ¿Aún no has podido olvidar el episodio de mi reclutador de esclavos?
-¿Cómo podría? Me habéis traído su cabeza, llevaré esa espantosa imagen toda mi vida. Vuestra crueldad no conoce límites, pero me consuela saber que pagaréis por ello tarde o temprano.
Edner se rió:
-Ciertamente, no deja de contrariarme el concepto de bárbaro sanguinario que vuelves a tener de tu rey. Por ello, es de honor informarte de lo que te tenemos dispuesto. Mi consejero no cesa de repetirme sobre la necesidad de interrogarte. Y, por una vez, voy a hacerle caso. Corro el riesgo de ser acusado de encubrirte, mañana por la mañana serás llevado ante el Pleno.
Ori no dijo nada. Pero su gesto denotó preocupación, más que suficiente para no escapársele al soberano:
-¿Temes algo, acaso? -Le cuestionó.
La respuesta fue negativa, aunque nada convincente.
Edner se agachó, mirándolo fijamente a la cara:
-Confíamelo a mí. Di lo que tengas que decir, en mi presencia. Sólo en mi presencia. Lo que sea. Dame tu confianza y prometo ser benévolo, te doy mi palabra de que, contigo, lo seré.
Ori miró fijamente a aquellos ojos gélidos que tenía a escasos centímetros de él, esperando ávidos una respuesta.
Y a punto estuvo de revelarle todo, incluido su acto más grave, el que le costara la vida al capitán más querido del monarca hacía unos meses…
-No... hay nada qué decir -ultimó-. Soy inocente.
-Bien -Se incorporó el rey-. Pues te veremos mañana en la sala del Pleno. Será rápido, a medio día volverás a estar con Nerien.
El pequeño Ervenin se quedó mirando cómo el monarca desaparecía entre las azaleas, estando a punto de echar a correr tras él y confesárselo todo...
Nunca ocurrió tal cosa.

 

Capítulo XV (fragmentos)

 

  A medio día, los esclavos se verían sorprendidos con un "honor" de lo más indeseable. Y no fue otro que la inesperada visita del rey.
Edner Nevothenien acudió a las profundidades de las minas, acompañado de una nutrida escolta. Sólo una vez en su vida lo había hecho, al principio de su reinado y sin intención de repetirlo nunca. Pues allí estaba una vez más, guiado por el mismo vigilante que atendiera a Ori el día anterior.
Curiosamente, observaba el monarca con atención a los esclavos mientras recorría las galerías... Hombres sin futuro, enfermos y mal nutridos, marcados por el óxido que ya formaba parte de su sangre y del aire que respiraban.
Al ser alertado de este hecho, Ori se detuvo en su trabajo. Observó de lejos el grupo que se acercaba, destacando algunas altas figuras de entre todos los demás.
¡Pudo por fin ver al rey rodeado de sus guardias! ¡Qué maldita idea tuvo aquel hombre al asomarse por allí, ensuciando aún más el irrespirable ambiente con su inmunda presencia!
Ori se ocultó instintivamente detrás de una viga de madera. Respiró con fuerza, viéndose de nuevo asaltado por un sinfín de turbios pensamientos de insurrección y amotinamiento. Apretó con fuerza el mango de la piqueta entre sus manos...
Una vez llegados a ese punto, el vigilante se detuvo, haciendo lo mismo el rey y su bien armada escolta. Y alzó la voz, llamando a uno de los esclavos:
-¡Número 4.261!
Nadie contestó.
El vigilante volvería a insistir:
-¡Repito, número 4.261! ¡Acto de presencia! ¡Ya!
Nada. Ni un murmullo siquiera. Ni tampoco los demás esclavos hicieron ademán de indicar dónde se hallaba, permaneciendo quietos en su sitio, observando fijamente al rey como a una estatua de mármol.
-Está en este grupo, Señor -informó el vigilante-. Aunque pudo haber muerto en estas horas.
-Lo dudo. -aseguró el monarca, mirando alrededor.
Y él mismo tuvo la osadía de alejarse del grupo, para examinar a los esclavos uno a uno. Hasta el más familiar le sería irreconocible, el fango rojizo que los cubría dificultaba enormemente cualquier búsqueda.
Vio a un muchacho cabizbajo allá al fondo y a él se acercó. Le alzaría el rostro con un pequeño cetro de oro que portaba en su cinturón, encontrándose con unas facciones similares a las de Ori, aunque sus ojos eran verdes. Decepcionado, Edner se retiró, prosiguiendo con su exploración por aquella inmensa galería de paredes rojizas.
Desde detrás de la viga, Ori seguía aferrando con fuerza el mango de la piqueta, clamando a los Dioses para que el rey pasase por allí. Esta vez, su mano no vacilaría...
Y sus súplicas parecieron ser escuchadas. Porque Edner se acercó peligrosamente al lugar donde se ocultaba el soliviantado Ervenin, piqueta en mano, presto a asestarle un golpe fatal.
La respiración se le detuvo al rey justo cuando llegó a este lugar. Con la viga a su derecha, allí se quedó inmóvil, con la mirada fija al frente...
Y un rapidísimo movimiento le impediría acabar atravesado por la letal herramienta, rasgando ésta sus ropas y llegando a rozarle la piel con el tosco filo manchado de óxido.

 

...

Tras contemplar atónito una pequeña fisura en el preciado diamante, los ojos del rey se volvieron hacía el infame Ervenin, inyectados en sangre. Esta terrible visión lo hizo retroceder instintivamente, sabiendo que debería de salir corriendo de allí cuanto antes... Tras un inoportuno traspié, allá acertó a girarse y echar a correr hacía la puerta, la cual alcanzó en dos segundos. Cuando ya estaba saliendo, una enorme mano lo enganchó por los cabellos, tirando de él nuevamente hacía dentro y encerrándose de un portazo.
El sonido seco de bofetadas a diestro y siniestro recorrieron los amplios pasillos, aparte de los inútiles gritos de ayuda que nadie pareció escuchar.
Ori logró desengancharse del monarca de puro milagro, corriendo a resguardarse al lado de una de las columnas. Allí quedaría agazapado en el suelo hasta ver cómo el rey volvía a acercarse con las mismas oscuras intenciones, procediendo él a gatear hasta la siguiente columna.
Al cabo de tres o cuatro columnas, supo que aquello no era solución. Debería de enfrentarse al tirano, luchar y morir como un hombre.
Con la respiración agitada, se preparó cual hormiga dispuesta a atacar a un coloso... Terminó arrojándosele, emprendiéndola a golpes y rodillazos con todo el nervio que pudo sacar en ese momento. Odiaba a aquel hombre, lo odiaba a muerte y, pese a saber que jamás le ganaría, hizo lo posible para manifestarle su infinito desprecio y repulsión.
Hubo Edner de tratar de evitar los golpes aferrándolo por las muñecas, no logrando que aquella fiera rabiosa dejara de retorcerse, asestándole furiosas patadas por doquier. Un formidable bocado obligó al rey a soltarlo, echando a correr de nuevo hacía la puerta aunque no por mucho tiempo... Rápido como una serpiente, ya Edner lo había vuelto a enganchar, derribándolo. De una patada lograría Ori quitárselo de encima, terminando los dos rodando por el suelo como dos salvajes, enzarzados en violenta contienda y no entendiendo el rey de dónde sacaba el endeble Ervenin tanta fuerza.
Hubo de volver a aferrarlo por las muñecas, esta vez logrando aprisionarlo bajo su peso. Se revolvería Ori cuanto pudo pero ya no hubo nada qué hacer... Aquello estaba sentenciado, viéndose pues a merced del despreciable tirano e incluso sintiendo el crujir de su propio cuello al ser retorcido.
La imagen del rey burlándose y solazándose ante su desesperación por liberarse se le hizo odiosa en extremo... Supo que recordaría aquella risa detestable el resto de sus días.
Hasta que ésta se detuvo, dando paso a un más que tenso silencio. Y no pudo entender nada en absoluto cuando, de repente, vio el rostro del rey aproximarse al suyo.
Un rápido giro impediría que aquel imprevisto se llevara a cabo, volviendo a intentarlo Edner una y otra vez, pese a los feos improperios que inundaron la solemne sala:
-¡Malnacido...! ¡Rastrero! ¡¡Innoble!!
No pudo seguir profiriéndolos cuando se vio con su boca firmemente sellada por la del monarca, adquiriendo éste una actitud desconocida hasta entonces y recreándose más de lo esperado, incluso para él...
Pero lejos estuvo Ori de verlo así. Entendiendo esta actitud como una humillante afrenta, no dudó en usar su mejor arma: sus dientes.
Y lo tuvo fácil...
El rey se retiró al instante al sentir una feroz dentellada en sus labios. En cuanto quiso darse cuenta, ya el hostil Ervenin se le había escurrido de las manos, corriendo hasta la puerta y huyendo finalmente de su alcance. Pero supo que no iría muy lejos.
En el momento de ver aquella furibunda correría por el pasillo, los guardias le salieron al paso. Lo aferraron por un brazo, rogándoles el chico que lo soltaran... Nada de eso hicieron, al contrario.
Cuando Edner salió de la sala del diamante limpiándose la sangre con su mano, allí vio al rendido Ervenin bien asegurado por los guardias, esperando estos al dictamen del rey. Se acercó, encontrándose con un claro odio en aquellos ojos ambarinos... Rechinaba Ori los dientes jurando no perdonar jamás al vil tirano.
El monarca les habló a los guardias:
-Llevadlo a las afueras de la ciudad. Y soltadlo allí. Dad orden de prohibirle la entrada a la Corte en lo que le quede de vida. Y dad el aviso, alguien lo pagará muy caro si vuelvo a verlo delante.
Dicho esto, desapareció mientras se iba limpiando la sangre, decidido a dar aquel asunto por zanjado.

 


Capítulo XVII
(fragmentos)

 

Ciudad de Narel, doceavo mes del año en curso.
Fue enorme la expectación que causó el paso del rey por estas calles rodeado de sus soldados, hasta que se detuvieron frente a la fortaleza donde sería recibido por los capitanes al mando. Allí permanecería conversando con sus oficiales un buen rato en el patio de armas, siendo la primera impresión bastante positiva. Narel parecía idónea para uno de los asentamientos, por terreno escarpado y clima suave.
Acordaron visitar esta favorable ubicación en ese momento... Hasta que el rey alcanzó a volver la vista a las afueras del patio.
Su expresión serena se tornó perpleja de pronto, abriendo mucho los ojos y llegando a alarmar a todos los presentes que se apresuraron a desenvainar sus espadas al creerse frente al enemigo.
Miraron en aquella dirección... Y no vieron nada.
La fama de alucinado del rey empezaba a tener cada vez más peso, procediendo uno de los capitanes a poner calma.
Indiferente a la alarma de sus oficiales, Edner se dirigió a la salida del patio, indicándole al mencionado capitán:
-Ocupad... mi puesto, vuelvo... enseguida.

Lógicamente, el oficial ordenaría a algunos soldados para que siguieran al rey.
Se metió éste por una especie de callejón angosto que rodeaba toda la fortaleza, siempre seguido por los soldados.
Buscó...
Y allá fue a encontrar lo que andaba buscando, al menos, asegurándose de que su mente no desvariaba, lo cual le produjo cierto alivio. Porque allí vio a Ori, arrimado a uno de los muros, cabizbajo.
Inmediatamente, dio orden a los guardias para que se marcharan. Y se acercó, muy despacio, como si temiese que aquella imagen se desvaneciera...
Por fin Ori lo miró, siendo todo ojos en aquella cara enjuta y demacrada. Y así permanecieron varios segundos, sin parecer tener nada qué decirse...
El rey supo que el chico se encontraba allí por no tener nada qué perder. Le daba igual ser arrestado o morirse de hambre o enfermedad, tal y como parecía ir encaminado.
Y le habló el soberano, haciendo honor a su afamada falta de tacto:
-¿No han vuelto a aceptarte los Conspiradores? ¡Qué ingratos...! ¡Después de todo lo que has hecho por ellos! Y, lo más increíble y visto tu lamentable estado, has considerado que yo no era el mayor de tus problemas.
Ori se esperaba un comentario parecido:
-Ya... sabéis cuán difícil es sobrevivir en un país cuyos únicos bienes van exclusivamente para la nobleza... Desde hace varios días, sólo pude alimentarme de raíces y setas.
Aquello no pareció inmutar a Edner:
-¿Qué quieres? -Le cuestionó, seco.
-¿Un... poco de pan?
-No acostumbro a llevar eso conmigo.
-Haced que... me lo traigan.
-¿Me has tomado por tu criado, acaso?
El joven agachó la vista, resignado a esta dureza de corazón.
-No voy a implicarme más contigo -concluyó el monarca-. Si necesitas ayuda, no la recibirás de mí. Temo que te hayas arriesgado en vano, lo único que mereces es acabar como pasto de los buitres. Porque a ti te debo la ruina de todos mis campamentos militares, tardaré meses en reorganizarme de nuevo.
-¡Oh, no vayáis a pensar que fui yo quien...!
 
El rey se dio media vuelta, dispuesto a no seguir escuchando al engañoso Ervenin.
Éste trató de detenerlo:
-¡No! ¡Esperad! No os vayáis aún. Podemos... hacer un trato.
Conocedor del talante embrollador del muchacho, Edner se puso enseguida en guardia. Aunque seguía corroyéndole la curiosidad por saber con qué le saltaría ahora...
-De acuerdo, sorpréndeme.
-Hay algo que no sabéis... Algo referente a vuestro primo. Y a los Conspiradores.
-Habla.
-Os lo contaré todo, en cuanto me hagáis llegar lo que os pedí.
-¿Voy a ser yo el único rey que se deja gobernar por el más infame de sus súbditos? No... Ya ha sido suficiente.
-Es muy poco lo que os pido. Nada tenéis qué perder... a no ser que os neguéis a escuchar todo lo que tengo que deciros referente a vuestro primo y al destino del país.
El rey lo observó con infinita desconfianza... Aunque la colosal curiosidad que daba en insoportable parecía estar ganando la batalla.
Acabó asomándose al callejón, haciéndoles señales a los soldados para que se acercaran.
-Llevadlo a la fortaleza. Encargaros de que lo atiendan debidamente hasta que yo regrese. ¡Y cuidado! Mantenedlo bien encerrado y vigilado, no debe huir.
Dicho esto, volvió a reunirse con sus oficiales que seguían esperándolo en el patio de armas para visitar la zona del futuro campamento, allí, en Narel.

Capítulo XIX (fragmentos)

 

Habían pasado tres días desde la fuga de los rebeldes.
Y se encontraba Ori aquella noche hojeando un libro de estampas ilustradas, a la luz de unas velas. No era aquél un mal sitio, se estaba muy a gusto, bien atendido y, sobre todo, con la enorme satisfacción del trabajo bien hecho.
Pensaba en Irfend y en la cara que pondría su escéptico amigo al conocer por boca del propio líder de los Conspiradores la liberación del grupo insurgente a su mano, casi nada, un triste muchachito que se iba al suelo ante la simple visión de la sangre.
De pronto, la puerta del cuarto se abrió.
Un criado ya le había traído su vaso de leche hacía una hora, siendo ésta la última visita del día que acostumbraba a recibir. Esto no estaba previsto...
Aunque tampoco le sorprendió en demasía.
Edner se quedó a la puerta, dudando entre avanzar o irse por donde había venido.
Los ojos de Ori se clavaron en los del rey, demacrados y hundidos, percatándose de cuán duros tuvieron que ser para él los últimos días...

El libro de estampas se fue al suelo para acoger al atribulado monarca en el momento en que se le derrumbó delante, hundiendo el rostro entre sus manos.
Así se quedaría un buen rato, temblando, llegando a helarle el alma al pequeño Ervenin con sus sollozos. Un corazón sensible no podía más que compadecerse ante tanto sufrimiento, terminando por llevar sus manos a los rojizos cabellos, en un intento de consolar al rey.
Acabaría éste alzándose, mirándolo con infinita súplica desde el suelo:
-Termina con esto. O ayúdame a hacerlo. Acepta a Nerien. Te convertiré en mi sucesor. Te prometo que moriré pronto, dejándote a ti al mando de todo.

 

  Ori supo que aquellas palabras vanas no eran más que fruto de su desesperación. Y, como tal, no se las tuvo en cuenta.El rey lo observó, sabiendo mejor que nadie que su ofrecimiento precipitado nunca se llevaría a cabo...
Y así se lo hizo saber:
-No... ...Ella nunca te tendrá.
Dicho esto, se acercó, tanto o más que en la Sala del Diamante, esperando que le apartara el rostro, como hiciera entonces...
Viendo que no sucedía tal cosa, se detuvo el monarca, quedándose sólo rozando sus narices.
No consideró Ori que en esta ocasión el propósito del rey fuera humillarlo, aunque éste lo entendería a su manera:
-¿Tan dispuesto estás a aceptar lo que sea con tal de lograr tus objetivos? Ni la mejor de las causas lo merece, Oritzen.
Y se incorporó, apartándose del joven y yendo a refugiarse a la ventana del cuarto para secarse tranquilamente las lágrimas.

...

Fue conducido a una de las puertas de las murallas interiores, recibiendo indicaciones de no volver a asomarse por allí nunca más.
Y allá se alejó el cabizbajo Ervenin, repelido y despreciado, cuando pensaba que su afinidad con el monarca era por fin estable y duradera... ¡Ingenuo! Nunca aprendería la lección, cayendo en el mismo error una y otra vez.
Cuando ya se adentraba en la ciudad, no pudo evitar coger una piedra del suelo y arrojarla indignado al lejano castillo:
-¡¡Cobarde...!! ¡¡Maldito!!
No se sintió mucho mejor por esto, pero algo ayudó. Ahora debería de dejarse de tonterías y pensar sobre qué hacer con su vida. Era necesario encontrar un trabajo, no dudando en tratar de recuperar su puesto en el Real Taller. Y hacía allá encaminó resuelto sus pasos, dispuesto a mendigarle al capataz unas tristes monedas como salario.

El adusto capataz lo puso de patitas en la calle, en cuanto lo vio:
-¡Fuera de aquí, maleante! Después de todo lo que de ti se ha dicho, ¿aún tienes el descaro de presentarte en un lugar decente como éste? ¡Criminal, conspirador! ¡Perdido! ¡Si vuelvo a verte merodeando por aquí, avisaré a la guardia real!
La vergüenza de verse insultado en medio de la calle le hizo apresurar el paso para alejarse de allí y evitar los viandantes que lo miraban con dudosa curiosidad.
Y regresó a su propia casa, tan pobre que nadie había querido ocupar en todo aquel tiempo.
Extrajo una pequeña piedra del muro cerca de la puerta, dejando al descubierto un hueco donde guardaba la llave. Esperaba encontrar todo tal cual lo había dejado, casi tres meses antes... No fue así.
No pudo ocultar su sorpresa cuando se encontró con aquel caos, muebles caídos y utensilios rotos, tirados por todas partes. Una de las ventanas de madera estaba literalmente destrozada a hachazos, suponiendo que los intrusos se habían colado por allí. Dudó entre el duque de Emril que lo buscaba para matarlo o simples ladrones... Quiso creer más en esta segunda opción, aún a costa de engañarse a sí mismo.
Trató de recolocar las tablas astilladas de la contraventana, arreglándola de mala manera a martillazos y con algunos clavos. Luego, había que revisar el panorama y el futuro incierto que le esperaba. En el armario encontró algunos víveres echados a perder tras tanto tiempo, por lo que decidió meterse directamente en la cama durante el resto del día, para no gastar energías y así pasar menos hambre en el más que seguro periodo de inanición que le quedaban por padecer.

 

...

Ori seguía a lo suyo, demasiado ocupado para responder al rey. Y sólo entonces se fijó Edner en la angosta estancia en la que se encontraban...
Era misérrima, de una sóla pieza, de paredes ennegrecidas por la humedad, siendo todo muy reducido, como hecho a medida de un pequeño ser, como podía ser Ori. Una mesa de madera con una sóla silla, comprobando el monarca que aquello se tambaleaba más que un junco al viento. Un armario a la derecha de la entrada, vacío y con telas de araña con sus respectivos inquilinos en los dos escasos cuencos de madera que allí había. El ventanuco en la pared del fogón, molido a hachazos y reparado con no mucho arte... No quiso preguntarle a qué se debía aquello, aunque lo imaginó. Por último, una pobrísima cama a la izquierda de la puerta, allá colocada en una esquina, con un pequeño baúl de madera a los pies. Pero, lo que más le llamó la atención, fue el pesebre de piedra en una de las paredes donde permanecía sentado el chico devorando pastelillos, aparte de los enganches de hierro para sujetar al ganado.
El famélico joven se dio cuenta de esta inspección a fondo:
-Mi casa es un antiguo establo de caballos -informó-. Es muy pobre... No es digna de vos.
-Es el mayor lujo que haya tenido nunca. -Volvería a sincerarse, deslizando sus manos por los toscos enganches de la pared.
Ori sonrió, evitando chuparse los dedos delante del rey:
-Es tarde -Volvió a echar mano a la tentadora bolsa donde no tardarían en quedar sólo las migajas-. Quizás no deberíais de demorar vuestro regreso al castillo.
-Tenía pensado quedarme. A no ser que me eches, claro.
-¿Qué? ¿Quedaros? ¿Aquí?
-Si tienes algún inconveniente, me iré.
-No es eso, sino que... Aquí estáis en peligro. ¿Dónde se encuentra vuestra escolta?
-La dejé en el castillo. He salido de incógnito.
El varado Ervenin se quedó con un trozo de pastelillo en la boca, no dando crédito a lo que acababa de oír.
Edner se explicó:
-No niego que es mucho lo que vengo arriesgando por acogerte, salvarte, mentir por ti y, por ti, llegar a enfermar. Los Conspiradores han sido muy astutos... Porque tú eres el único ingenio capaz de llevar a la ruina al rey de Lothir.
Y aquí, se lo pensó dos veces antes de precipitarse a revelarle algo que no le fuera favorable con respecto a sus incursiones en solitario por la ciudad.
Finalmente, habló:
-No es la primera vez que me aventuro solo de noche por estas calles. Y también he acudido a esas tabernas de las que no paras de hablar y que parecen haberse convertido en tu segunda casa.
Ori se quedó lívido. ¿El rey deambulando solo por la ciudad, sin escolta y entrando en... las tabernas? Desde luego, aquel hombre estaba definitivamente tocado del ala.
Edner le confesó entonces un muy guardado secreto:
-Acudí de joven, con mi hermano, por pura curiosidad. Nuestro padre nos encerró un mes en los calabozos a pan y agua, en cuanto lo supo. Y, de mayor, por pura necesidad de información, hace apenas tres meses, cuando secuestraron a Nerien. Me presenté sin que nadie se enterara, ni siquiera mis consejeros que al día de hoy siguen sin saberlo. Aparte de morirse del horror, me tacharían de incapacitado para estar al frente del país. Fueron aquellos días de gran sufrimiento, reflejándose en mi aspecto hasta el extremo de no ser reconocido ni por mis fieles. Aprovechando esta ventaja, me enfundé en unos atavíos raídos y salí una noche del castillo, caminando por las calles sólo evitando el alto de los guardias. Me encontré con maleantes, forajidos, rameras, ladrones, esclavos fugados, pero nada de lo que buscaba en aquel momento: información sobre el secuestro de mi sobrina. Es posible que hasta te hubiera cruzado por allí, si tanto acudías a esos sórdidos lugares como afirmas haberlo hecho.
Silencio. Edner vio cómo los ambarinos ojos de Ori se humedecían, pareciendo sentirse culpable o, al menos, partícipe en la causa de este gran sufrimiento de su monarca dilecto. Acabó tomándolo de las manos y besándoselas, dando así a entender a su augusto huésped que tenía vía libre para quedarse si ése era su deseo. Y cuánto se complacía Edner en esta adorable entrega de su súbdito más valorado...



Capítulo XXI
(fragmentos)

 

Y así, uno tras otro fueron cayendo bárbaros e insurgentes, siendo reducidos y encadenados, postrados en el embarrado suelo. Una esperada victoria que no les había llevado ni una hora.
Hizo el rey su triunfal recorrido por entre sus mayores enemigos, parándose ante el líder de los Conspiradores y los cabecillas de las tribus bárbaras del Este. Vio también a Irfend... Le levantó el rostro con la punta de su pie, para mejor cerciorarse. No, esta vez no habría compasión.
Y allá los dejó a todos, encaminándose a la tienda de campaña donde se le había informado que se encontraba el duque de Emril. La victoria era así completa, ya no habiendo nada ni nadie en Lothir que pudiera amenazar el poder de un rey Nevothenien. Un largo y próspero periodo de paz se avecinaba...
A unos diez metros de la tienda, Edner llamó a su primo:
-¡Erieon! ¡Sal de una vez! ¡No hay escapatoria, estás rodeado!
Al cabo de unos instantes, se asomó por fin el duque, primero media cabeza y luego dando un paso al frente, esta vez con un desvanecido y ensangrentado Ori bajo su brazo. Parecía haber cumplido su promesa de despacharlo...
Frente a la monumental conmoción del rey ante tan inesperado panorama, peor aún fue el horror del conde de Nisthilen al saber qué podía suponer aquello.
Inmediatamente se puso sobre aviso por si debía tomar el mando ante algún nuevo desatino del monarca. No pudo éste entender nada... ¿Cómo era aquello posible, si había dejado a Ori atado y a salvo en su casa hacía apenas unas horas? La desolación al ver que no se movía hizo que el rey se tornara torpe, cayéndosele la espada de las manos, agachándose al instante su consejero a recogérsela.

 

Capítulo XXII (fragmentos)

En efecto, el ejército del rey al mando del conde de Nisthilen seguía el Ilver, en espera de actuar en cuanto recibieran una notificación de rescate por parte de los rebeldes.
Hacía el medio día, los vigilantes vieron acercarse a dos jinetes desconocidos, dándoles en seguida el alto.
Ori saltó del caballo, cayéndose de bruces al suelo, gateando quejumbroso por entre los soldados, pidiéndoles hablar con el conde de Nisthilen.
El conde vio a sus hombres sosteniendo al malherido chico, corriendo inmediatamente hacía él:
-¿¿Dónde está el rey?? -Lo aferró por las ropas.
Y sólo obtuvo lágrimas:
-¡No sé...! Está enfermo, lo... perdimos hace ya varias horas, por la mañana. Y temo que ahora lo vuelvan a encontrar los rebeldes.
-¡Llévanos hasta la guarida de esas sabandijas, chico! -Solicitó el conde.
Ori miró a Irfend, no recibiendo ninguna indicación de su amigo al respecto, ni siquiera negándoselo. Y terminó asintiendo con la cabeza, dando orden el conde de Nisthilen de movilizar al ejército.
El real consejero se fijó ahora mejor en Ori, extenuado, empalidecido y cubierto de barro ensangrentado, debiendo de sostenerlo dos soldados para que no se fuera al suelo.
-Yo lo haré -dijo Irfend, dirigiéndose al noble-. Dejad que él se quede aquí, yo os conduciré mejor que nadie a ese emplazamiento.
El conde asintió, ordenando que se llevaran a Ori a la tienda que hacía de veces de enfermería.
Irfend contempló cómo se alejaba su amigo... Y supo que aquélla sería la última vez que lo vería, al menos, sus destinos se separaban allí.
Tras esto, todos se prepararon para su partida rumbo al escondite de los Conspiradores, con esperanzas de apresar al duque de Emril. Pero, lo que menos podían sospechar, era que el duque ya hacía horas que había partido hacía la Corte. Y poco le importaban ya los Conspiradores, desentendiéndose de la suerte que estos pudieran correr.

 

Capítulo XXIV (fragmentos)

Pero el conde se equivocó al creer que nadie lo buscaría allí. No de forma grave, pero había alguien, una pequeña criatura insignificante, que también discurrió la idea de que su rey pudiera hallarse guarecido en aquel lugar.
El pequeño Ervenin desconocía si su venerado soberano se encontraba ya al amparo de sus partidarios o no, decidiendo pues probar suerte en aquel lóbrego paraje, apartado de todo y de todos, cuyos caminos colindantes eran siempre evitados en lo posible.
El rey ya había salido de su celda de castigo y ahora caminaba medio descalzo por la nieve de los alrededores, no pareciendo importarles mucho a los cuidadores si se escapaba o no, cuántos menos pacientes tuvieran menos trabajo para ellos, recibiendo la misma mísera paga por veinte que por treinta. Vieron incluso a aquel pequeño ser merodeando y asomándose por entre los matorrales, espiándolos, no prestándole la más mínima atención.
Y salió Ori al fin de su "escondite", pasando por entre los cuidadores y los residentes sin que nadie lo detuviera ni le pidiera cuenta alguna.
Entonces, se acercó a uno de los pacientes de revueltos cabellos rojizos que reposaba plácidamente sentado en un tocón de árbol. El personaje en cuestión pareció no concederle tampoco el más mínimo interés, por lo que el chico supuso que su búsqueda debía proseguir por otro camino. Pero se fijó ahora con más detenimiento en aquellos sesgados y hundidos ojos...
Y se le llenaron los suyos de lágrimas, tomando aquellas manos y derrumbándose sobre las rodillas del siempre impávido paciente:
-¡Mi Señor...! ¡Mi Señor! -Sollozó, con el rostro hundido en el tan anhelado regazo.
Edner pareció entonces inmutarse por primera vez desde que perdiera la razón. Miró muy atónito al muchacho que allí suspiraba en su regazo, pero no alcanzó a discernir mucho más.
Se acurrucó Ori sobre sus rodillas tratando así de darle calor. Le apartó los descuidados cabellos y lo besó en los ojos y las mejillas una y otra vez, dejando aún más perplejo al ya confundido monarca, aparte de los cuidadores que observaban curiosos la escena.
-¡Os sacaré de aquí...! -Se secó los ojos-. ¡Cuidaré de vos, por vos lo daré todo, hasta mi vida!
Pero el rey se quedó como si nada. Terminó por levantarse, dejando caer al muchacho de trasero sobre la nieve. Luego, se alejó de allí con paso muy pesaroso, rumbo a la oscura residencia con ventanas de rejas donde se resguardaban los internos.
El pequeño Ervenin se apresuró a alcanzarlo:
-¡Señor! ¿Es que... no me reconocéis? ¡Majestad...!
Uno de los cuidadores pareció oír esto y Ori se dio cuenta. Tomó al monarca por una mano y lo condujo fuera de allí, como siempre, sin que nadie se lo impidiera.
Colocaría su propia capa sobre los encorvados hombros del rey, conduciéndolo por los nevados caminos rumbo a algún lugar de la costa, donde el clima era más llevadero. Al no encontrar ninguna posada que quisiera acoger a un perturbado, hubieron de dormir dos noches al relente, haciendo Ori una fogata y arropando en lo posible al aterido soberano que no dejaba de castañetear los dientes de frío. El joven llegó a creer más que nunca que él era, sin duda, la causa del fin de aquel hombre.

 

Capítulo XXV (fragmentos)

Una vez en el cuarto, Ori sentó al rey frente a la pequeña chimenea, sacándole las botas y friccionándole los pies para hacerlo entrar en calor. Luego, le quitó todas las ropas mojadas, lo envolvió en una manta caliente y lo metió en la cama, no pareciendo éste objetar ante ninguna de las órdenes del chico.
Tras acomodar al rey, también él se dispuso ahora a atenderse a sí mismo. Sintió que aún le costaba respirar incluso ante el más mínimo esfuerzo, debiendo de sentarse encorvado en el borde de la cama, al sentir que empeoraba. Desde su lecho, Edner contemplaba al joven con la cabeza gacha y haciendo grandes esfuerzos por tomar aire.
Y entonces, se oyó aquella profunda voz, clara y pesarosa:
-No has debido de salvarme. Mi Reino está perdido, yo estoy perdido, todo lo que me rodea lo está, incluido tú.
Ori alzó el rostro, pudiendo ver al rey sentado en el lecho, no percibiendo más en su mirada aquel acostumbrado vacío y ausencia.
-Creía... que estabais trastornado cuando pretendisteis enterrarme vivo y ahogarme.
-¿Enterrarte vivo? ¿Ahogarte? -Se extrañó-. ¿Pero... ...qué me dices?
Quiso pasarse la mano por la barba, percatándose de que no la tenía. Y se quedó en silencio, muy pensativo:
-Todo es muy confuso y oscuro -Trató de recordar-. Hasta el momento de percibir la muy clara sensación de la luz regresando a mi mente mientras me hundía contigo en aquella poza. Recuerdo perfectamente quedarme aprisionado en el árbol, con tu viva imagen permaneciendo siempre a mi lado. Porque nunca te fuiste. Siempre estuviste allí, no abandonándome en ningún momento. Todo era muy grato... Tu luz, tu sonrisa, tu calidez. Luego, me desperté contigo dándome de bofetadas, en un bosque de noche. Creo que... vas a tener que darme muchas explicaciones... o quizás yo a ti.
Con la cabeza hundida entre las manos, Ori pareció no encontrar palabras apropiadas para ese momento.
Pero al menos lo intentó, sonriéndole:
-No hay ninguna explicación qué dar, Señor. Mi recompensa es vuestra salud y vuestra vida.
Edner se incorporó ligeramente en el lecho, sintiendo que le reventaba la cabeza:
-¿Dónde estamos? -Quiso saber.
-A escasamente una jornada a pie de la costa oeste. Vuestro... primo...
Y se calló de súbito, creyendo que aún no era oportuno revelarle al monarca todo lo que viniera ocurriendo en las últimas semanas.
Pero Edner pareció recordarlo:
-¡He... renunciado al Trono! ¡Erieon...! ¿Dónde se encuentra ahora? ¿Qué... ha pasado en este tiempo?
-Nada bueno... Vuestro primo va a ser coronado en cinco días. Ha tomado la Corte, ahora todo el país está bajo su mandato.
El rey se alarmó:
-¿Qué... les ha ocurrido a mis fieles? ¡El conde de Nisthilen y...! ¡¡Mi sobrina!!
-Supongo que estarán bien, Señor. No he vuelto a saber del conde desde que os perdimos el rastro, hace casi un mes.
Edner se levantó de un salto del camastro, buscando al instante sus ropas que aún se secaban al calor de la pequeña chimenea.
-¿Qué vais a hacer? -Trató de detenerlo Ori.
-Mi consejero posee en la costa una de sus propiedades. Me dirigiré hacía allí, los siervos sabrán decirme su situación y paradero.
-¡Es muy peligroso, Majestad! ¡Y aún es muy pronto, no estáis restablecido!
-¡No es muy pronto! -ultimó el monarca, ya saliendo por la puerta aún colocándose el jubón-. Sólo espero que no sea demasiado tarde.
El orondo posadero había vuelto a salir de su cuarto, al oír toda aquella algarabía. Y se encontró a sus dos escandalosos huéspedes en la planta baja, dispuestos ya a marcharse otra vez.
Creyendo que pretendían irse sin pagar, corrió escaleras abajo, reclamando su renta de la habitación. Ori le apuntó tembloroso a la mesa, indicándole que le había dejado allí el dinero. Pero el posadero se hallaba demasiado furioso, dirigiéndose vara en mano para darles un buen escarmiento al chico y al chiflado. Llegó a la altura de Ori que se ocultó raudo detrás del monarca y hasta la vara se le pareció quebrar en el aire en el momento de enfrentarse a aquellos sesgados y gélidos ojos encendidos en fuego que parecieron atravesarle el cerebro de lado a lado como una fulminante lanza invisible.
El posadero dejó caer la vara, bajando los brazos y quedando muy desconcertado ante la imponente figura del recio personaje que, encima, estaba desquiciado.
-Necesitamos caballos. -Fueron las únicas y ásperas palabras del rey.
-S...Sólo tengo uno, Señor. U...una yegua tozuda que uso para la labranza, no sé si os servirá.
-Es mejor que nada. -afirmó Edner, saliendo afuera, esperando a que le prepararan la montura.
Ori se acercó al posadero y le dio todo el dinero que llevaba:
-Es todo lo que tengo, espero que pueda compensaros por la yegua y las molestias.
El hombre tomó las monedas, asintiendo con la cabeza.
El rey se subió a la ancha grupa de su montura en cuanto estuvo preparada y a punto estuvo de espolearla para salir al galope de allí, olvidándose del muchacho. Deteniéndose a tiempo, se dirigió al chico, que ya se retorcía las manos junto a la puerta.
-Creo que… no debería dejarte aquí.
Ori le indicó que no, con su típico gesto. Y le extendió Edner la mano, ayudándolo a subirse y sentándolo detrás de él.

La yegua no pareció resentirse apenas por el escaso peso de la nueva carga, pudiendo ambos avanzar rápidamente y llegando a la costa antes del amanecer. El monarca se detuvo al creer ver en el camino dos lejanos puntos de luz, considerando que podían ser soldados de Erieon con antorchas.
Desmontó, ayudando a bajar a Ori y ocultándose con él entre la maleza, dejando a la yegua en el camino al saber que el animal ya había sido visto por los presuntos soldados.
Se acercaron estos, en efecto habiéndola divisado en la distancia:
-Te lo dije. ¡Una yegua abandonada!
-Llevémonosla. Tal y como están las cosas, pronto tendremos que venderla a cambio de comida.
Aguzando la vista para ver en la oscuridad, el rey supo que aquellos hombres no eran hostiles, reconociendo sus insignias del Reino, no dejando esto de ser una temeridad.
Salió de entre los arbustos, alarmando a los soldados que no dudaron en amenazarlo con sus espadas:
-¿Quién va? -gritaron al unísono.
No le hizo falta a Edner identificarse, siendo reconocido prácticamente al instante por los sobrecogidos soldados, pese a su humilde atuendo y su barba desaparecida.
Allí, con los dos soldados de rodillas en el suelo, gimoteando y aún creyendo hallarse ante un fantasma, se enteró el rey de que su consejero se hallaba en su residencia a escasos quilómetros, junto con la princesa, causando esto un indescriptible alivio en el acongojado monarca. Tomó inmediatamente uno de los caballos de los soldados para llegar lo antes posible a la residencia de su consejero... ...olvidándose otra vez de Ori que allí se quedó, postergado entre la maleza.
Los soldados lo vieron... y le ordenaron acercarse, a lo cual él obedeció.
-¿Lo acompañabas tú, chico? -indagó uno de los soldados, desconfiado.
El pequeño Ervenin miró al suelo, considerando que ya era suficiente, ya bastaba... Y terminó por indicarles que no.
-¿Entonces qué haces por aquí fisgoneando? ¡Fuera! ¡¡Vamos, fuera!!
Los soldados lo echaron de allí literalmente a patadas, creyéndolo un simple pueblerino curioseando por los alrededores. Y Ori no hizo nada para rectificar su postura, al considerar que el soberano tendría muchos y más importantes asuntos qué atender, antes que preocuparse de él.
Y por ello se marchó, apartándose de este modo y de forma definitiva del camino y de la vida del monarca.


Una vez llegado Edner a la residencia del conde de Nisthilen, todo fueron emotivos abrazos y estremecidos agasajos ante la inesperada presencia del recobrado soberano, no pudiendo éste despegar a su llorosa sobrina de su cuello en casi una hora.
Allí se enteró al fin de todo con más detalle, la coronación de su primo en pocos días, el apoyo del Pleno y la muerte de todos los que osaran oponérsele. El desvelado conde estaba también resignado a su pronta muerte, la suya y la de su familia, al no tener alternativa para escapar del país. Todas las fronteras estaban fuertemente vigiladas por soldados al mando del duque de Emril, habiendo éste puesto un precio muy alto a la cabeza de su primo. El fiel consejero confiaba en que el rey estuviera a salvo recluido en el sanatorio, temiendo ahora por su vida, al saber que el duque no dudaría en buscarlo allí en breve, quizás incluso estando ya en camino a esas horas.
Edner hundió la cabeza entre sus manos, sabiéndose único responsable de todo el dolor y padecimiento de aquellas gentes, incluidos sus seres más queridos a los que pareció olvidar casi desde el principio de esta historia.
Olvidar...
Y el rey se acordó por fin de Ori, alzando la vista, tratando de encontrarlo entre los presentes:
-¡Oritzen…! -balbuceó-. ¿Dónde... está Oritzen?
De nuevo, aquel nombre maldito. El conde le habló ahora, muy seco:
-Olvidaos de él ya para siempre, Señor. Lothir no puede permitirse más errores por vuestra parte, centraos pues en discernir la mejor solución a este grave conflicto en el que todos nos encontramos inmersos. Pensad, al menos, en vuestra sobrina, el duque tiene intenciones de asesinarla. Y él sabe que ella está aquí. Debéis protegerla a vida o muerte, Majestad, es vuestra obligación y deber moral.
Edner miró a su sobrina, llorosa y temblando de miedo, levantándose al fin y dirigiéndose a su consejero:
-¿Qué posibilidades tenemos?
-Todo el ejército está con vos, Señor. Actuarán ante vuestra más mínima orden. También he recibido misivas de los países aliados, la mayoría no quiere complicaciones si vuestro primo es proclamado rey, aunque otros muchos os apoyan. El Pleno… os ha dado la espalda y, los que no, ahora están muertos. He sabido que el propio duque ha pasado a cuchillo a varios de vuestros fieles. Y hay más inconvenientes, varias tropas extranjeras se dirigen en estos momentos a la Corte para respaldar al futuro regente. Y los bárbaros… aclaman este triunfo arrasando todo a su paso. Las grandes ciudades del Este yacen a estas alturas entre llamas y ruinas, pareciendo ser algo que ha irritado sobremanera al duque.
Edner se tambaleó, debiendo de apoyarse en una silla. Y su consejero supo que el aún convaleciente monarca pudiera no hallarse en condiciones de enfrentarse a semejante desavenencia:
-Es necesario que descanséis, Majestad -Le dijo, ayudándolo a sentarse-. Tratad de dormir un poco... os va a hacer falta.
-¡No hay tiempo para dormir! ¡Es necesario pedir ayuda inmediatamente a los países aliados, convencer a los que dudan, son nuestra única esperanza!
-De eso ya me encargué yo, Señor. Se espera el desembarco esta misma mañana de dos ejércitos aliados y otro más para la tarde. Si esto se produce, será la única esperanza de nuestras familias, pudiendo huir por mar y salvarse de esta guerra que se avecina. Trataremos de impedir a toda costa la coronación del usurpador... pese a vuestra renuncia firmada, Señor.
Y sólo ahora pareció tomar Edner verdadera conciencia de todas las secuelas de su conducta...
-¡Perdonadme...! -Le imploró entre sollozos a su amigo y consejero-. ¡¡Perdonadme!!
-Algún día me explicaréis qué os ha pasado en verdad, pero ahora no debemos descentrarnos de lo que nos atañe, Señor. Todos… cometemos errores y siempre motivados por algo que nos supera. No os condenéis ahora, no es el momento.
El rey se secó las lágrimas y asintió. Decidió pues ponerse en manos de su consejero, dejándose conducir por éste a sus habitaciones donde podría descansar unas horas.
Era evidente que la situación distaba de ser fácil... Y debía restablecerse lo más pronto posible para hacerse cargo de unas circunstancias que él mismo había creado. Bien o mal...
El tiempo lo diría.


 

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